jueves, 30 de diciembre de 2010

EL RETO HISTÓRICO Y POLÍTICO DE LATINOAMÉRICA Y EL CARIBE: EL REPLANTEAMIENTO DE SU DESARROLLO Y SU ECONOMÍA

AUTOR:  RUBÉN DARÍO UTRIA

La Habana Marzo 1-5 de 2010

ABSTRACT

Después de dos siglos de atraso e independencia frustrada y 25 años de aplicación sistemática y sumisa del “Consenso de Washington” y sus políticas económicas y sociales, Latinoamérica y el Caribe (LAC) en su conjunto se encuentran en general en un proceso de estancamiento y retroceso económico cualitativo, incapacidad para superar el subdesarrollo y para construir una sociedad  humanista, justa, participante y creadora; así como para liberar su correspondiente economía.
      
Todo esto como consecuencia de la incapacidad de los “modelos” tradicionales de desarrollo y últimamente los impactos de la Globalización competitiva y asimétrica para superar el exiguo dinamismo de la economía,  el desempleo y el subempleo estructurales, la pobreza en ascenso, las desigualdades sociales extremas, el desbarajuste de los servicios sociales, el colapso de los asentamientos humanos, la deficiente calidad y el atraso en las infraestructuras y otros problemas críticos como la dependencia externa, la violencia y la delincuencia, y hasta los conflictos diplomáticos. A esta situación ha venido a sumarse la consolidación y agudización de la crisis financiera y económica norteamericana y su “efecto dominó” sobre gran parte de la economía mundial, incluida la de LAC. Con ello han quedado amenazados sus exportaciones y sus precios, así como la inversión extranjera realmente benéfica y el crédito privado interno y de los mecanismos financieros multinacionales.
    
 Ante este adverso panorama, corresponde a la región iniciar un proceso de reflexión sobre las opciones estratégicas elementales posibles para enfrentar la situación, las cuales podrían sintetizarse en tres: (i) Más de lo mismo; (ii) Ajustes cosméticos a su modelo neoliberal y su “capitalismo salvaje; y (iii) El replanteamiento de las teorías y políticas  económicas en boga, en procura de un nuevo pensamiento social y económico y un camino nuevo y propio para el desarrollo. Teniendo en cuenta las citadas restricciones y lastres estructurales, hay que reconocer que la situación ha llegado a un punto insostenible que nos obliga a repensar y replantear los paradigmas vigentes, al menos, en cuanto respecta al curso del desarrollo nacional y la economía.
    
 Para enfrentar este reto los latinoamericanos y caribeños debemos comenzar por preguntarnos ¿Qué nos ha pasado en estos 200 años?, ¿Nos han faltado recursos y potencialidades?, ¿Ha fallado nuestra dirigencia política?, ¿Nos han anclado los saldos feudales y coloniales? ¿Nos ha castrado la dependencia externa?, ¿Nos ha faltado una teoría eficiente del desarrollo?, ¿Y como podemos liberarnos del subdesarrollo y encontrar nuevos caminos para nuestros pueblos?
      
Ante este desafío, se hace evidente que la opción de seguir soportando los impactos adversos del “Consenso de Washington”, no sólo entrañaría una actitud de inaceptable conformismo económico y político, sino que consolidaría la situación de estancamiento y dependencia externa, y agudizaría aun más el conflicto social y político. Por su parte, la opción de los ajustes paliativos en la aplicación de dicha doctrina —como lo proponen Williamson, Stiglitz, Krugman, Rubini y otros destacados neoliberales del Norte y lo repiten irreflexivamente la mayoría de economistas de la región— ha probado ser inocua, y aun perjudicial.
  
 Por esta vía de análisis, la tercera opción —el replanteamiento de los modelos y objetivos económicos, sociales y políticos del desarrollo— aparece como la única capaz de permitirle a la región encontrar su propio camino. Este ejercicio debe comenzar por el replanteamiento de nuestro ordenamiento social y del paradigma vigente del desarrollo nacional, para humanizar y dignificar al primero; e imprimirle dinámica sistémica y societaria al segundo, para que la sociedad juegue al tiempo el rol de sujeto, objeto y beneficiaria. Y a partir de esta nueva visión, identificar la nueva economía que garantice la creación de la riqueza necesaria. Esta tarea no será fácil, porque hay muchos escollos científicos que superar y muchas fuerzas exógenas y endógenas que vencer. Pero este es un reto histórico y político que los países de la región no pueden seguir eludiendo.



Primera Parte:

   EL RETO HISTÓRICO Y POLÍTICO DE LATINOAMERICA Y EL CARIBE:
  EL REPLANTEAMIENTO DE SU DESARROLLO Y SU ECONOMIA

1. INTRODUCCIÓN

Después de dos siglos de atraso e independencia frustrada y 25 años de aplicación sistemática y sumisa del “Consenso de Washington” y sus políticas económicas y sociales, Latinoamérica y el Caribe (LAC) en su conjunto se encuentran en general en un proceso de estancamiento y retroceso económico cualitativo, incapacidad para acelerar el desarrollo y para superar el creciente conflicto social y político. Asimismo, están regresando al viejo y desventajoso modelo económico agro-exportador. Ello a pesar de que varios países aumentaron sus exportaciones e incrementaron su PIB al impulso del alza transitoria de los precios internacionales de algunas de sus materias primas.
    
Todo esto como consecuencia de la incapacidad de los “estilos” de desarrollo y las políticas económicas neoliberales aplicados,  para superar el exiguo dinamismo de la economía,  el desempleo y el subempleo estructurales, la pobreza en ascenso, la inequitativa distribución del ingreso, el desbarajuste de los servicios sociales, el colapso de los asentamientos humanos y otros problemas críticos como la violencia y la delincuencia organizada.  A esta situación ha venido a sumarse la consolidación y agudización de la crisis financiera y económica norteamericana y su “efecto dominó” sobre gran parte de la economía mundial —incluida la de LAC— que está conduciendo a la recesión. Con ello han quedado amenazados sus exportaciones y sus precios, así como la inversión extranjera realmente benéfica y el crédito privado interno y de los mecanismos financieros multinacionales.
    
 Ante este adverso panorama, corresponde a la región iniciar un proceso de reflexión y examinar las opciones estratégicas elementales posibles para enfrentar la situación, que podrían sintetizarse en tres: (i) Más de lo mismo; (ii) Ajustes cosméticos al modelo neoliberal; y (iii) El replanteamiento de las teorías y políticas  económicas en boga, en procura de un nuevo camino.
  
 Teniendo en cuenta la incapacidad estructural de dicha doctrina para garantizar el desarrollo de la región, así como su imposición hegemónica externa, hay que reconocer que la situación ha llegado a un “punto de quiebre” que obliga a decisiones críticas. Esta consideración ya está siendo planteada por numerosos académicos, economistas, investigadores del desarrollo nacional y políticos y dirigentes populares de la región; y no son pocos  los cuestionamientos que se formulan en los países industrializados y otros del Tercer Mundo al neoliberalismo económico y su globalización imperial, incluyendo los de los destacados economistas y políticos que promovieron e implantaron estas teorías y políticas. Sin embargo no hay que soslayar las voces que siguen proclamando las virtudes de dichas fracasas doctrinas; y las que intuyen el fracaso y avizoran la crisis, pero piden calma y paciencia porque el modelo en boga “solo requiere pequeños ajustes cosméticos”. A este respecto el ex presidente de Brasil, Fernando Enrique Cardozo (2009, 4) afirma: “Dada la interconexión de la economía global, la profundidad y duración de la crisis son imprevisibles. No  todo lo que ocurre es negativo. De la misma forma en que la globalización no significó el , si se producirá su transición hacia una nueva etapa, impulsada por una inter-relación más dinámica entre sociedad y política, economía e cultura. En el mismo sentido el ex presidente del Gobierno Español, Felipe González (2009, xiv)  sostiene que “Además, y aunque la crisis sea sistémica, hay que asumir que no hay alternativas al sistema como en los viejos tiempos de la política de bloques ideológicos, no hay contraposición entre economía de mercado como modelo y estatización de la economía al viejo estilo comunista. Tampoco son alternativas creíbles las utopías regresivas en circulación que están llevando al fracaso a los que las intentan. Por tanto, hay que hacer las reformas necesarias en el propio sistema. Por emplear un lenguaje distinto: habría que reformar el modelo, no el sistema, introduciendo elementos regulatorios claro y no excesivos, instrumentos de gobernanza globales y nacionales coherentes con el sentido de las reformas. Pocas normas, claras y que se cumplan, como aconsejaba Don Quijote a Sancho Panza cuando se aprestaba a gobernar la ínsula Barataria”.
      
Ante este desafío, se hace evidente que la opción de seguir soportando los impactos adversos del “Consenso de Washington”, no sólo entrañaría una actitud de inaceptable conformismo económico y político, sino que consolidaría la situación de estancamiento y dependencia externa, y agudizaría aun más el conflicto social y político. Por su parte, la opción de los ajustes en la aplicación de dicha doctrina —como lo proponen ahora Stiglitz (2006), Krugman (2003), Sach (2005) y otros destacados neoliberales del Norte— ha probado ser inocua, debido al la inconsistencia científica, política e histórica de dicha doctrina, su dogmatismo estructural y el agresivo fundamentalismo de sus promotores y ejecutores; así como su compromiso insalvable con el neoimperialismo y sus grandes empresas transnacionales. La ineficacia de esta medicina se muestra fehacientemente en los Estados Unidos, Europa y Japón, así como en LAC y África.
    
Por esta vía de análisis, la tercera opción —el replanteamiento de los modelos y objetivos económicos, sociales y políticos del desarrollo— aparece como la única capaz de permitirle a la región construir un nuevo camino, su propio camino, como bien lo señaló hace más de un siglo el ilustre académico venezolano Andrés Bello, lo promovieron con tesón el peruano José Carlos Mariátegui y el colombiano Antonio García; y lo buscan hoy por vías y énfasis diferentes Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y otros países, como Argentina, Uruguay, Paraguay Brasil.
    
 Cuatro poderosas razones principales imponen hoy a los países de la región latinoamericana y caribeña el reto político e intelectual de hacer un alto en su rutina de atraso y dependencia, para reflexionar sobre su destino histórico y replantear y reorientar su desarrollo y su economía, así como sus respectivas políticas y estrategias.
        
La primera es el rezago y el estancamiento. Hace 40 años la mayoría de los países de la región tenían economías más sólidas y dinámicas que los países asiáticos que hoy se han convertido en potencias económicas o marchan aceleradamente hacia este logro. Es el caso, por ejemplo, de China, India, Corea, Taiwán, Malasia y Vietnam. Lo mismo puede decirse —en cierta medida y en otro contexto histórico y político— de los países europeos y Japón, los cuales se encontraban entonces con sus economías destruidas y su población amilanada profundamente por los trágicos impactos de la Segunda Guerra Mundial.
    
Ante la inaplazable necesidad de analizar este fenómeno y encontrar nuevos enfoques y caminos, es inevitable esclarecer qué fue lo que los asiáticos y europeos hicieron bien, y qué es lo que los latinoamericanos hicimos y seguimos haciendo mal, obviamente sin dejar de tener en cuenta los respectivos contextos históricos y políticos internacionales. Este desfase significa que mientras los latinoamericanos y caribeños permanecemos estancados o crecemos económicamente a ritmos vegetativos y erráticos, ellos lo hacen a ritmos acelerados, estables y relativamente endógenos, generándose así una brecha cada vez mayor.   Al respecto —y entre muchos otros interrogantes— debemos preguntarnos: ¿Qué nos pasó a los latinoamericanos y caribeños?, ¿Nos afectaron los saldos y lastres feudales y coloniales aun persistentes?, ¿No transformamos oportuna y suficientemente nuestras sociedades?, ¿Fallaron las teorías y modelos de desarrollo aplicadas?, ¿Nos faltaron recursos naturales?,  ¿Nos falló la ayuda externa?, ¿Nuestros pueblos han sido menos capaces?, ¿No hicimos los esfuerzos y sacrificios que hicieron los europeos y los asiáticos?, ¿Fuimos incapaces de construir un camino propio para nuestro desarrollo? ¿Nuestros dirigentes han sido ineptos o malintencionados?, ¿Las dictaduras, el armamentismo, la subversión, el paramilitarismo, el narcotráfico y la corrupción consumieron nuestras energías?; ¿El neocolonialismo aniquiló nuestras sueños e ideales?, y muchos interrogantes más.
    
La segunda razón la constituyen las falacias y desmanes del neoliberalismo económico y político. Más de 25 años de aplicación de dichas doctrinas y prácticas en la región están dejando un balance adverso que solo muy pocos países —y por caminos y resultados distintos— están comenzando a superar: El desarrollo económico se estancó ya que según la CEPAL en el período 1990-2002 la región creció a un ritmo de solo 2.6% anual, mientras que entre 1945 y 1980 lo hizo al 5.5%. Además, aumentó la dependencia externa y el endeudamiento; las nuevas estrategias y políticas económicas han conducido a la desruralización, la desindustrialización y la urbanización incontrolada; las economías nacionales involucionaron hacia el modelo primario-exportador; se han deteriorado gravemente los ecosistemas y sus recursos naturales; los Estados-nación han sido debilitados y despojados de su función regulatoria, a tiempo que la soberanía y la seguridad nacionales han sido vulneradas; campean y crecen la pobreza y la informalidad laboral, y las desigualdades sociales se ensancharon; los servicios sociales —como la salud, la educación, la seguridad social, la recreación y el transporte público— fueron privatizados y convertidos en mercancías de difícil acceso para la gran mayoría de población; se desmontaron las conquistas sociales logradas en 50 años mediante grandes sacrificios de los trabajadores; se cooptaron y debilitaron el sindicalismo y las organizaciones populares; se judicializó la protesta popular y se la anatematizó y asimiló al “terrorismo internacional”; la violación de los derechos humanos se ha generalizado y en algunos casos institucionalizado; se han agudizado los conflictos sociales y políticos; y una atmósfera de frustración y descontento recorre el continente. Y, también, se ha acentuado el bloqueo económico y político contra la heroica Cuba y se extiende la amenaza a los países que han comenzado a plantear cambios políticos y económicos, como Venezuela, Ecuador y Bolivia. Al respecto habrá que preguntarse: ¿Cómo pudo perder la región medio siglo en su proceso histórico de desarrollo?, ¿Cómo llegó a convertirse la región en la de mayor desigualdad social en el mundo como lo ha constatado la ONU?, ¿Por qué habiendo abierto sus economías, liberados sus mercados, privatizado las mayores empresa públicas y los servicios sociales y enajenado los mejores activos económicos nacionales, la región no logró desarrollo económico suficiente y sostenible, como lo prometieron los profetas del neoliberalismo?, ¿Han fracasado el neoliberalismo y su capitalismo salvaje?; ¿Pueden aun los países de la región esperar algo del capitalismo, y menos del capitalismo periférico imperante en la región?; ¿O ha llegado la hora de formularnos nuevas teorías, replantear nuestras metas y construir nuevos y propios caminos de crecimiento, progreso y desarrollo?
      
 La tercera razón se relaciona con el nuevo ciclo de crisis económica que comenzó en los Estados Unidos y amenaza arrastrar al resto de la economía mundial, incluida la latinoamericana y caribeña. Como es ya vox populi, no se trata simplemente de una crisis hipotecaria, bursátil y de confianza en los mercados sino, fundamentalmente, de la explosión incontrolable de las burbujas económicas producidas por la aplicación desenfrenada de las doctrinas neoliberales y la deificación del mercado. La compulsiva sed de ganancia fácil indujo el traslado de parte importante de la producción industrial a China y otros países asiáticos; y la necesidad de contrarrestar la masiva pérdida de empleos domésticos condujo a la creación de una peligrosa burbuja en la actividad constructora de viviendas, en torno a la cual se creó artificialmente una significativa corriente de demanda basada en créditos laxos (subprime) que finalmente no pudieron ser honrados por los nuevos adquirentes. Se abrió paso así a una grave crisis del sistema hipotecario, que está trayendo aparejada la de los sistemas bancario y bursátil. Y últimamente a los de los propios gobiernos. Por su parte, la citada reducción de empleos y el endeudamiento de los consumidores (1.5 veces el ingreso real) inducido por un mercado anárquico e irresponsable —inspirado en el evangelio neoliberal— debilitaron la demanda interna y precipitaron la desaceleración de la economía, que hoy todos los expertos la asocian a la recesión y la stangflacion, que el propio gobierno acaba de reconocerla. Frente a esta grave situación —y en el desespero irreflexivo— el gobierno norteamericano y los organismos de orientación de la economía están bajando aceleradamente las tasas de interés, introduciendo subsidios e inyectando grandes dosis de capital provenientes de emisiones inorgánicas y nuevos endeudamientos para pagar previos endeudamientos, inflando aun más la burbuja financiera y bursátil. Al mismo tiempo el sector privado renegocia con nuevos créditos y grandes descuentos las obligaciones que la población no puede cubrir, mientras que las bajas tasas de interés están precipitando la salida masiva de capital en procura de mayor rendimiento. Esto se suma al fuerte endeudamiento federal, y los peligrosos desbalances fiscal y comercial que contradicen las recetas del evangelio neoliberal y el FMI. Frente a este desastre, que algunos reputados economistas lo consideran como “el más grave desde la recesión de comienzos de los años treinta”, el gobierno de Washington y sus principales  gurúes neoliberales han comenzado a acudir al Estado como tabla de salvación ante el fracaso, dejando así en evidencia la falacia de la deificación del mercado y “la infalibilidad de su invisible mano”.
    
En esta loca carrera las economías desarrolladas del mundo están quedando amenazadas, como en el mientras que en las atrasadas —incluyendo las de LAC— se configuran dos impactos preocupantes: Por una parte, la desaceleración y la recesión en Estados Unidos y otros países industrializados están afectando seriamente el volumen de las exportaciones de las commodities a esos mercados; y por otra, la desvalorización del dólar ha comenzado a depreciar las reservas internacionales de los países de la región —depositadas tradicionalmente en la banca norteamericana— y la desviación de los productos alimenticios hacia los biocombustibles ha comenzado a encarecer significativamente los precios de aquéllos.
    
La cuarta, finalmente, consiste en que, como consecuencia de este dramático escenario, los pueblos de la región están comenzando a levantarse democráticamente y el péndulo político está moviéndose hacia el centro y las izquierdas. Si este fuera el caso —como parecen evidenciarlo Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Argentina, Brasil, Uruguay, Salvador y Paraguay— estos positivos esfuerzos no podrán cohesionar y orientar a sus respectivas sociedades y encauzarse hacia la reconstrucción de sus economías e imprimirle un rumbo sólido y cierto mientras no cuenten con una nueva visión política, un renovado pensamiento económico y un camino propicio, que les permita superar el atraso y el neoliberalismo que lo estimula; ni fortalecer sus sociedades y sus economías, ni transitar con paso firme en el iniciado siglo XXI. Sin estos instrumentos políticos y económicos de superación, esos corajudos pueblos y los que se sumen más  adelante a la nueva epopeya liberadora latinoamericana y caribeña podrían desorientarse y ver pronto frustrados sus propósitos y esfuerzos. Frente a esta nueva realidad es preciso preguntarse: ¿Se necesitan nuevos enfoques y paradigmas del desarrollo y la economía nacionales?, ¿Cuáles serían los rasgos principales de esta nueva visión?, ¿Cómo iniciar y concretar el repensamiento del desarrollo y la economía de la región?
    
Imaginar y construir esta nueva utopía —que entraña también la concepción de una nueva sociedad— y construir este nuevo pensamiento político-económico y sus respectivas políticas y estrategias constituye el grande y prioritario reto de la región latinoamericana y caribeña. Se trata de idear nuevos caminos y metas basados en una nueva sociedad humanista, integrada, participativa, educada, justa, solidaria, equitativa, comunitaria e inspirada en valores, actitudes, motivaciones e ideales que privilegien la dignidad y los derechos humanos, la solidaridad social, los intereses auténticamente nacionales y sociales, la paz y la cooperación internacional, la defensa de la naturaleza y sus recursos. Se requiere una economía al servicio de la sociedad y no al contrario, que destierre la pobreza, la explotación, la desigualdad social y la exclusión; que integre a toda la población y libere, desarrolle y exalte el talento humano y la capacidad creativa individual y colectiva; una globalización solidaria y una competitividad equitativa, sin explotación colonialista y respetuosa de las autonomía y seguridad de nuestras naciones; que integre a los pueblos y no simplemente al capital transnacional; una economía sólida, con efectiva capacidad competitiva y de pleno empleo, producción limpia y equilibrada territorialmente, que incorpore todos los recursos naturales, preserve el medio ambiente y se comprometa con la mitigación del calentamiento global; un comercio internacional equitativo e impulsador del desarrollo económico de los pueblos y una clara e institucionalizada responsabilidad social y nacional del capital, la ciencia y la tecnología. Y, obviamente, todo esto lleva aparejada la toma de conciencia de los dirigentes y pueblos de la región sobre el esfuerzo deliberado, inteligente, organizado, disciplinado y sacrificado que debe ser realizado en la construcción del nuevo desarrollo nacional y la nueva economía.
    
No son pocas las propuestas e iniciativas que están emanando de la región, ni lo son las importantes experiencias que nos brindan los países asiáticos que han encontrado ya o están encontrando su propio camino. Todas estas ideas y vivencias —y otras nuevas— pueden constituirse en insumos invaluables que deben ser contextualizados, analizados y tenidos en cuenta como materia prima en esta desafiante epopeya de la construcción del nuevo y propio camino: El camino propio de Latinoamérica y el Caribe.  ¡Y he aquí el gran reto intelectual de los economistas, los estrategas del desarrollo y los académicos en general  de Latinoamérica y el Caribe!
  
 En el marco de este empeño y como contribución inicial al debate que debe precederlo, aparecen a  continuación dos temas clave para el ejercicio del replanteamiento, propuestos más con propósitos metodológicos y de referencia que e ideológicos. Estos son: (i) algunos aspectos del escenario histórico de referencia, incluidos la naturaleza y los impactos de la actual crisis financiera y económica internacional; y (ii) algunos elementos básicos a tener en cuenta en el diseño de la sociedad deseada para la región, su “modelo” de desarrollo y su correspondiente economía, así como un nuevo paradigma del desarrollo nacional. Debido a este carácter de sugerencias simples propuestas para el debate, deliberadamente el presente ensayo no incluye un diagnóstico convencional estadísticamente fundamentado de la realidad de la región, sino que apunta hacia una visión de futuro, a la identificación de un conjunto de ideas alternativas para el ejercicio de repensar y replantear los enfoques vigentes de la sociedad regional, su economía y su paradigma de desarrollo nacional en busca de de una transformación humanista y liberadora.



2.  EL CONTEXTO HISTÓRICO PARA EL REPENSAMIENTO

En el contexto histórico mundial y de Latinoamérica y el Caribe en el cual deben ser analizados y vislumbrados los nuevos procesos del desarrollo y la economía de la región se destacan —al menos— cinco nuevos escenarios determinantes principales, los cuales han condicionado y siguen condicionando y en gran medida determinarán el futuro próximo de la región: (i) El científico y tecnológico; (ii) El ambiental; (iii) El cultural; (iv) El político; y (v) El económico. Todos estos escenarios inciden de diversas maneras e intensidades en el futuro y la prospectiva del desarrollo y la economía de la región.

2.1 El escenario científico y tecnológico

Está constituido por el fenómeno más trascendente de la historia contemporánea y sus derivaciones. Éste es la presencia de una nueva ciencia que, superando las limitaciones cartesianas del pasado, se presenta y opera como única, integrada, sistémica y sin fronteras en la búsqueda, la profundización, el perfeccionamiento y la difusión del conocimiento. Consecuentemente, es multidisciplinaria, interdisciplinaria, transdisciplinaria y, por tanto, multidimensional. Esta nueva ciencia ha permitido y seguirá impulsando un sorprendente desarrollo tecnológico que ha conducido a una Tercera Revolución Industrial  que —además de ampliar asombrosamente la capacidad de generación de riqueza a las empresas y países que la están incorporando— está dejando atrás todos los sistemas tradicionales de producción y abre paso a nuevos enfoques de la generación del valor, la productividad, las relaciones sociales de producción, el desempeño del trabajo, la generación de empleo, la organización de los procesos productivos y muchos otros aspectos fundamentales de la producción y de la economía en general. Todo esto a partir principalmente de la nanotecnología, la ingeniería genética, la física cuántica, la robótica, la electrónica, la modelística computacional, las imágenes diagnósticas, las telecomunicaciones, las teorías de los Sistemas y del Caos y muchas otras innovaciones científicas y tecnológicas.
    
Varias derivaciones de esa concepción adquieren una función determinante: Una es el nuevo desempeño del talento humano, el conocimiento científico y la capacidad innovativa y su dinámica continua e indetenible, que exige a los países un elevado y estructural nivel de desarrollo científico y tecnológico, proceso sociocultural éste que debe ser endógeno en buena medida. Otra consiste en que sólo unos pocos países cuentan con este grado de desarrollo y estas capacidades de innovación tecnológica, lo cual significa una ampliación geométrica de la brecha tecnológica tradicional y la consecuente desigualdad en la producción, la productividad y la capacidad competitiva en el mercado mundial. Con esto se agudiza aún más la inequidad tradicional en los términos de intercambio comercial internacional y se consolidan la dominación y la dependencia de todos los países subdesarrollados. Otra  —y muy grave por cierto— es que ese desarrollo científico y tecnológico está permitiendo una manipulación masiva y e implacable de los valores, actitudes, motivaciones y pautas de conducta y de consumo de los pueblos de la región y del mundo, por parte de las potencias desarrolladas y sus grandes empresas transnacionales de actividades industriales, comerciales y culturales. Esto les permite crear nuevos y alienantes estados de conciencia e imaginarios colectivos, que facilitan su control mediante poderosos medios de comunicación y sofisticadas tecnologías de la telecomunicación. Este fenómeno —que históricamente se activaba a través de la cooptación de las élites y con base en el púlpito y la educación— hoy se ejerce en forma directa e incontrolable sobre toda la sociedad, a través de la televisión, la radio, el cine, la prensa y la Internet, que penetran compulsivamente en todos los ámbitos de la vida cotidiana tanto social como íntima. Ya en varios países la captura y la movilización del electorado político está haciéndose cibernéticamente mediante las llamadas “redes sociales”.  Y otra derivación es que tal desarrollo científico y tecnológico ha ampliado la capacidad militar y policiva que se ha traducido en un nuevo sistema de poder mundial coercitivo y de prácticas imperiales de control político, económico y cultural; y, también, de un nuevo sistema de represión interna en los países, que les permite a los grupos dominantes controlar tecnológicamente la acción de los partidos y grupos sociales de presión y frenar y desviar a la fuerza las tentativas de cambio social y político.
  
 Por las características de este escenario pueden preverse de antemano las limitaciones que la gran mayoría de los países de la región tienen hoy para intentar salvar una de las brechas más decisivas en los procesos del desarrollo nacional contemporáneo, como lo es el conocimiento científico y tecnológico. La situación se complica si se tiene en cuenta que este conocimiento se encuentra monopolizado y protegido con celo por los países ricos, y que cualquier esfuerzo de actualización implica la capacitación previa de más de una generación, inversiones cuantiosas y una gestión muy eficiente.



2.2 El escenario ambiental

Está constituido por un cuadro lamentable de uso inadecuado y depredación sistemática de los recursos naturales en todos los países  de la región; y últimamente por los impactos catastróficos iníciales del calentamiento planetario y las imprevisibles alteraciones climáticas.
  
   La región cuenta prácticamente con todos los recursos necesarios para asegurar su progreso y desarrollo, que incluyen la extensa prodigiosa selva tropical amazónica, un valioso conjunto de bosques tropicales y un fabuloso patrimonio hídrico que incluye algunos de los ríos más grandes del mundo, miles de cursos y cuerpos de agua, cientos de casquetes nevados; dilatadas extensiones de tierras fértiles de todos los climas, cuantiosas potencialidades de generación energética, un incalculable patrimonio minero, un rico acervo faunístico y una biodiversidad de las mayores del mundo; así como dilatados y ricos litorales en dos océanos. Su variada y desafiante geografía, que contiene todos los pisos térmicos y sus respectivos climas y dispone de atractivos microclimas, playas, paisajes y monumentos arqueológicos y naturales maravillosos,  representa una gran potencialidad para la recreación local y el turismo internacional.
  
 Por todos estos y otros atributos, Latinoamérica y el Caribe contienen una de las mayores reservas de recursos naturales del mundo que, además, funcionan  como proveedores de aire limpio y recuperado y base de estabilidad climática para todo el hemisferio norte, así como para la captura de CO2 para la mitigación del calentamiento planetario. Todo este patrimonio puede beneficiar —y ya viene haciéndolo― no solo a la región sino también para el resto de la economía mundial.
    
No obstante, el atraso cultural y científico y el afán desmedido de lucro han venido diezmando sistemáticamente este patrimonio. En unos casos por explotación industrial irrespetuosa de la naturaleza y sus recursos, y en otros por la pobreza extrema que obliga a campesinos y pobladores marginales urbanos a deteriorar compulsivamente tierras, vegetación, fauna y aguas. En este sentido es lamentable el deterioro hídrico y de grandes regiones producido por la deforestación masiva y la extracción minera antitécnica. También por la urbanización acelerada y concentrada acompañada de la incapacidad económica y de gestión pública de los centros urbanos para proveer la infraestructura y las prácticas conservacionistas para la preservación ambiental.
  
 A esta situación se agrega ahora la amenaza de los impactos catastróficos del calentamiento planetario y la consecuente desestabilización climática mundial, proceso de alteración ambiental generado a primera vista por el exceso de emisiones de gases de invernadero y otras de efecto térmico, así como por la depredación general de los recursos naturales y sus efectos climáticos.  Aunque aun se carece de estudios más precisos y detallados, los científicos pronostican que el calentamiento de los casquetes polares y continentales hará subir significativamente el nivel del mar, amenazando catastróficamente a buena parte de las tierras y asentamientos de todo el mundo ubicados en los litorales y conformados por territorios insulares, incluidos los de LAC. Asimismo, estiman que grandes extensiones de tierra agrícola continentales y andinas serán destruidas por las intensas lluvias, las inundaciones, la sedimentación y la sequía, con consecuencias graves para la economía y la seguridad alimenticia Y, también, que las alteraciones climáticas —a golpes de lluvias prolongadas y torrenciales y subsiguientes sequías extremas— destruirán áreas urbanas continentales enteras y su infraestructura y sus servicios sanitarios, y arruinarán la producción agrícola y estimularán la presencia de plagas y vectores de graves enfermedades. Como lo pregona con insistencia el ex vicepresidente norteamericano Al Gore (2006, 11) basado en la opinión de más de 200 científicos: “La crisis climática es, realmente, dañina. De hecho es una verdadera emergencia planetaria.”
  
   Este sombrío panorama, abalado por los científicos, representa un grave desafío para la estabilidad y la aceleración del desarrollo de los países de la región y, por tanto, constituye una amenaza seria que debe ser adecuadamente percibida y manejada con la suficiente anticipación. Este escenario es altamente preocupante puesto que los países de la región no disponen de los recursos financieros y tecnológicos para enfrentar la emergencia.

2.3 El escenario cultural

Este aparece constituido por dos fenómenos principales: Una compleja diversidad en el proceso histórico tradicional y una fuerte tendencia hacia un cambio cultural inducido desde afuera.
  
  Con respecto al primero, y desde el punto de vista antropológico y sociocultural, este escenario es muy diverso, como lo son su diversa geografía, las múltiples diferencias étnicas, los disímiles procesos histórico-culturales, los estadios de desarrollo socioeconómico y otros factores afines pertinentes. En efecto, la geografía y su abrupta morfología han determinado una amplia diversidad —altiplánicos, inter-andinos, costeños, isleños, mediterráneos, llaneros, selváticos, etc. — cada uno con ciertas características culturales bien marcadas por el piso térmico, el clima, el paisaje y otros factores. Y la diversidad de etnias ha hecho otro tanto: indígenas, mestizos, negros, blancos, etc. También han contribuido las migraciones africanas y europeas y los desplazamientos masivos internos de población, así como las diferencias en sus condiciones socioeconómicas. Más allá de la aparente unidad sociocultural de la región, todos estos elementos han contribuido a configurar un panorama cultural diverso y complejo, que debe ser estudiado y debidamente tenido en cuento en el propuesto replanteamiento del desarrollo y la economía de la región. Se trata de una seria dificultad que debe ser adecuadamente abordada, porque no caben aquí las generalizaciones simplistas y los esfuerzos deben ser encaminados más bien hacia el conocido concepto de unidad dentro de la diversidad.
    
En la práctica y para los fines de la aceleración del desarrollo, se trata de un escenario en general heterogéneo que abarca desde los países altamente influenciados por los europeos —como Argentina, Uruguay, Chile y áreas del sur de Brasil— hasta los de mayoría indígena —como Bolivia, Ecuador, Perú, Guatemala— pasando por los de origen africano e hindú —como la mayoría de los caribeños y costeños colombianos y los de población mestiza, que constituyen la mayoría. Otro tanto sucede con los idiomas, ya que en la región se habla español, portugués, inglés, francés, papiamento, creole y un gran número de lenguas precolombinas.
    
No obstante, y en relación con el segundo fenómeno, en los últimos decenios ha venido produciéndose una significativa alteración de este panorama, derivada de la intensa penetración económica, política y cultural de las potencias industrializadas. En cuanto a lo sociocultural presenta un conjunto de nuevos valores, actitudes motivaciones e imaginarios colectivos tanto nacionales como regionales derivados del atraso y el subdesarrollo de los países. Ha habido modernización acelerada pero sin las transformaciones sociales estructurales conexas, con excepción de Cuba gracias a su exitosa gestión educativa. En general, todas estas expresiones socioculturales tanto en los países como en la región han conservado durante la vida republicana la impronta de los saldos feudales y coloniales. En los últimos 50 años ha habido modernización constante, pero no como resultado de un proceso interno de renovación cultural y de surgimiento de nuevos y auténticos valores, sino  inducida desde los países hegemónicos: Europa en el Siglo XIX y Estados Unido en el Siglo XX.
  
  A partir de la segunda posguerra mundial el escenario cultural en LAC es impregnado por valores y actitudes consumistas y la incorporación a la vida cotidiana de las pautas norteamericanas de consumo —automóviles, artefactos electro-domésticos, equipos de sonido, video y comunicación, música alimentos procesados industrialmente, comida industrialmente procesada, licores importados y hasta vestido— todo al estilo del país del norte e implantado mediante un formidable sistema de publicidad comercial. Pero paralelamente sobreviven los valores y actitudes de atraso y la sumisión a los círculos tradicionales de poder y su ideología,
 
   Con el consumismo se implanta en la región también —particularmente en los estratos de ingresos medios y altos— el afán de lucro y la búsqueda obsesiva del dinero fácil y, con ello, la deificación del “éxito fácil y rápido” y en varios círculos sociales la adicción a los paraísos artificiales de las drogas estupefacientes. Estos valores logran penetrar en amplios sectores de las nuevas generaciones y en la mayoría de los países constituyen el norte de la educación y la principal motivación individual. Para sustentar e impulsar estas motivaciones se ha implantado también una “cultura” de farándula, sexo y heroísmo violento, mediante la cinematografía, el video, la música, los deportes extremos y la publicidad, todo lo cual se ha constituido en una nueva actividad empresarial capitalista: la llamada industria cultural. Al impulso de de estos fenómenos, buena parte de los sectores de ingreso medio están plegándose a la cultura del arribismo, la cooptación y la entrega fácil al establecimiento económico y político, mientras que amplios grupos de los de bajo ingreso —y con un trasfondo de frustración generado por la pobreza, la exclusión y la desigualdad social— se desvían hacia la delincuencia organizada en pandillas de jóvenes que utilizan la violencia y el crimen como instrumento expresivo de rebeldía, desfogue emocional y también como medio de subsistencia económica. Esta circunstancia ha generado el campo propicio para el narcotráfico y la drogadicción que afecta a varios países de la región.
    
Con estos nuevos valores, actitudes y motivaciones también han surgido nuevas formas de microorganización social, nuevos liderazgos y nuevos ídolos, particularmente en las grandes barriadas urbanas y se ha venido acrecentando la delincuencia común y el crimen organizado en casi todos los países. Todo ello agravado por la presencia del narcotráfico y sus mafias criminales. Estos y otros fenómenos conexos han determinado una sustitución abrupta de la cultura tradicional por esta nueva que algunos han comenzado a llamar “cultura pop” y que ha producido una ruptura con las tradiciones culturales de la región.
    
 Teniendo en cuenta esta amplia y compleja heterogeneidad cultural y etnocultural, esta superficial modernización y este alto grado de penetración cultural externa, puede decirse que cualquier intento de integración habrá de encontrar dificultades.

2.4 El escenario político

En este campo LAC presenta un complejo conjunto de fenómenos de índole política que han logrado en los últimos 25 años alto grado de unidad y coherencia mundial, tanto en su dimensión global como en su expresión nacional en la mayoría de los países.
  
  El primero es la presencia y la acción de un nuevo sistema de poder mundial de naturaleza monopolar, derivado del colapso político de la Unión Soviética en 1985 y la asunción de la hegemonía global por parte de los Estados Unidos y sus grandes corporaciones transnacionales. Este nuevo poder impera en forma decisiva, aunque su primacía ha comenzado últimamente a debilitarse como consecuencia de la crisis económica en marcha, el surgimiento de la competencia de nuevas potencias —como la Unión Europea y China, la persistencia de Japón y el resurgimiento del nacionalismo capitalista ruso— y el rol cada vez más dominante de las grandes corporaciones translaciones y su desempeño supranacional y sus intereses económicos apátridas. Esta circunstancia es determinante para Latinoamérica y el Caribe puesto que los Estados Unidos continúan concibiendo y tratando a la región como su “patrio trasero” y porque las oligarquías nacionales siguen siendo sus aliados en la defensa de sus intereses y privilegios locales comunes. Si bien unos cuantos países se están rebelando contra esta dominación, la influencia política y económica, así como el poder militar de penetración e intervención siguen intactos, y aún incrementándose en la medida en que se extiende la aplicación de la estrategia de la “guerra contra el terrorismo”.
  
 El segundo fenómeno político es la crisis de los partidos tradicionales, que —con las excepciones de rigor— consiste en el debilitamiento cada vez mayor de sus ideologías originales, sus maquinarias electorales, la pérdida del compromiso con sus respectivos países y pueblos y el agotamiento de sus liderazgos tradicionales; todo ello acompañado de ineptitud, clientelismo y corrupción en el gobierno, cooptación de sus líderes y asesores por parte de los Estados Unidos y las corporaciones transnacionales y los empresarios nacionales, así como un desprecio por las reivindicaciones populares y los intereses nacionales, un expreso desden por el progreso y el desarrollo del país, y una inocultable vocación para el uso de la violencia de clase para  garantizar y preservar los privilegios.
  
  El tercero es la presencia —aunque en proceso de debilitamiento— de movimientos insurgentes armados, como consecuencia de la persistencia de  conflictos sociales y políticos internos no resueltos a lo largo de la vida republicana. La mayoría de éstos han sido de carácter campesino que a través de guerrillas se enfrentan aun hoy al Estado en varios países en procura de cambios políticos, como en Colombia y México; y que en el período de las dictaduras militares combatieron contra éstas en Bolivia, Nicaragua, Salvador y Guatemala; y en Argentina y Uruguay lo hicieron abiertamente en áreas urbanas. También operó temporalmente una guerrilla en Venezuela que fue fácilmente cooptada por el establecimiento tradicional, y otra en Perú que fue militarmente sometida.  Con excepción de los de Colombia y México, estos movimientos han sido sofocados o reducidos mediante la acción militar basada simultáneamente en fuerzas regulares y amplios contingentes paramilitares, con el apoyo financiero y la asesoría militar de los Estados Unidos.
  
 El cuarto es el fenómeno histórico de la Revolución Cubana, que desde 1959 y después de derrotar militarmente la cruel y mafiosa dictadura de Batista, gobierna con éxito y ha resistido heroicamente por 50 años el bloqueo económico y militar más prolongado de la historia mundial y la agresión externa permanente por parte de la potencia del norte. En todo ese tiempo Cuba ha sido la fuente explícita o implícita de inspiración de los movimientos subversivos de la región.
  
El quinto es la militante “derechización” de las élites de la región y “fascistización” de la mayor parte de los partidos tradicionales y sus dirigencias. Esto abrió la puerta en los decenios de los setenta y ochenta a férreas y criminales dictaduras militares, y también a gobiernos autoritarios que solo operaban mediante el “estado de sitio” y  las “leyes de emergencia”, prácticas enmarcadas en la doctrina de la “Seguridad Regional”. Y en los últimos años en muchos países se han instalado a nombre de la democracia regímenes autoritarios que —al amparo de la “guerra contra el terrorismo” y otros pretextos como el de la “seguridad democrática”— apelan a la represión para frustrar los cambios sociales y políticos.  En desarrollo de este propósito se pusieron en marcha en varios países fuerzas irregulares denominadas indistintamente “contras”, “paramilitares”, “escuadrones de la muerte”, “fuerzas oscuras” y “grupos cooperantes”,  que han sembrado el crimen con plena impunidad y la complicidad del establecimiento político y económico. Todo ello con el resultado del genocidio de partidos políticos completos, la eliminación selectiva de líderes sociales y políticos mediante la desaparición forzada, el asesinato a cargo sicarios profesionales, el desplazamiento masivo de campesinos y familiares de víctimas y el despojo violento de tierras a  sus legítimos propietarios. Paralelamente, en otros países de la región el poder político vegeta en manos de gobernantes ineptos que se limitan a mantener el statu quo económico y político.
  
 El sexto fenómeno lo constituye el impacto político de la implantación de las doctrinas neoliberales en la región por más de 25 años. No solo ha tenido efectos adversos en el campo económico —como se expone más adelante— sino también en el terreno político. A su impulso, los países de la región han enajenado sus activos de mayor valor estratégico en beneficio de grandes empresas transnacionales, han permitido y legitimado la penetración del capital extranjero parasitario y especulativo, particularmente en los sistemas financiero y comercial. También han entregado el control de sus economías al ponerlas bajo la supervisión del FMI, el Banco Mundial y otros organismos afines, han entregado sus recursos naturales y su biodiversidad, han dejado vulnerar la soberanía y autonomía económica y política y han permitido la fuga de capitales nacionales. En el campo sociopolítico los trabajadores han perdido 50 años de luchas reivindicatorias, como resultado de la privatización de los servicios sociales, la precarización y degradación del trabajo, la pérdida del poder adquisitivo y la elevación sistemática del costo de vida. Y con el debilitamiento y la cooptación del sindicalismo, la satanización de las reivindicaciones populares, la judicialización de la protesta social y la utilización de “la guerra contra el terrorismo” para la represión social y política, los pueblos han visto debilitarse sus democracias y estancadas sus esperanzas de cambios y aceleración del desarrollo. Mientras tanto, varios millones de desplazados y víctimas de la violencia deambulan desesperanzados en varios países, sin derecho efectivo a la reparación de los perjuicios sufridos y el castigo de  la justicia para sus victimarios. En algunos países muchos de estos victimarios ocupan posiciones de gobierno y de representación política.
  
  El séptimo lo constituyen los conflictos fronterizos de larga data  aun no resueltos y que en algunos casos últimamente están siendo utilizados para enfrentar a países y pueblos hermanos e impedir así las tentativas de cambio político e integración económica.  Recientemente se ha alentado desde afuera la confrontación bélica y Colombia perpretó una agresión  militar territorial a Ecuador, alegando el derecho que le concede la doctrina de la “guerra preventiva” del presidente Bush, para perseguir a las guerrillas.
 
  El octavo lo integran tres fenómenos interrelacionados: Uno es la presencia del narcotráfico en varios países, con sus cultivos ilícitos, su infiltración en la economía, su masivo “lavado de dinero”, su organización mafiosa, sus salvajes crímenes y su infiltración en el gobierno y demás órganos políticos de varios países de la región; otro es el voluminoso contrabando de toda clase de artículos foráneos derivado del narcotráfico, que compiten ventajosamente en el mercado con la producción nacional de los países; y el otro es el intenso tráfico oficial y clandestino de armas que consume parte importante de los presupuestos nacionales e incentiva la violencia y la delincuencia y provee de armas a las mafias de narcotraficantes y a los grupos paramilitares y otros fuera de la ley. Las consecuencias más costosas de este tráfico han sido los sangrientos enfrentamientos entre dichas mafias y la fuerza pública y los actos masivos de terrorismo en Colombia a fines de los años ochenta y comienzo de los noventa, y la cruenta ofensiva de las mafias mexicanas en la frontera con Estados Unidos.
    
El octavo fenómeno lo constituye el armamentismo en la mayoría de los países que, con diversos pretextos, los obliga a desviar cuantiosos recursos nacionales que deberían ser aplicados con prioridad a la infraestructura para el desarrollo y los servicios sociales y paralelamente conducen a la represión de los sectores populares. En los últimos años el gasto militar en la región ha significado 2.4% del PIB en los últimos 10 años con un aumento del 45%, según el Banco Mundial.  
  
 Finalmente, el décimo consiste en que, con la iniciación del nuevo siglo, el péndulo político de la región ha comenzado a moverse democráticamente y con diversas características hacia el centro y la izquierda, creando expectativas político-sociales en los sectores populares y la respectivas reacciones defensivas de las clases dirigentes  del resto de la región. Con todo ello están emergiendo mutuas desconfianzas entre algunos gobiernos y nuevas tensiones en la estabilidad política regional y en desarrollo de la contención de esta nueva tendencia un presidente elegido constitucionalmente ha sido derribado del poder por los militares; y en dos países —Panamá y Chile— las derechas políticas han recuperado electoralmente el poder, mientras que en Colombia éstas siguen consolidándose a pesar de las aspiraciones de cambio político que animan a amplios sectores de la población.
    
Si bien es prematuro afirmar que Latinoamérica y el Caribe se enrumban por un camino de transformaciones políticas, si puede pensarse que el establecimiento político tradicional ha comenzado a crujir al impacto de las frustraciones y efectos adversos del neoliberalismo económico, de los conflictos sociales y políticos internos no resueltos, el subdesarrollo, la pobreza, la desigualdad y la exclusión, así como de los abusos del país hegemónico. Sin embargo no deja de preocupar la circunstancia de que para orientar y encauzar estas nuevas fuerzas políticas la región no cuente aun con nuevos paradigmas ideológicos, propuestas y caminos propios para construir su desarrollo y su economía, y que esta circunstancia conduzca de nuevo a un proceso de instalación de dictaduras. Y esta preocupación adquiere mayor validez si se tienen en cuenta la confusión política y la desorientación ideológica que se observa en los sectores populares como consecuencia del fracaso político del llamado “campo socialista” y la perspectiva de debilitamiento político y económico acelerado del  nuevo imperio.

2.5 El escenario económico

Tras casi 30 años de firme vigencia de las doctrinas neoliberales y la globalización económica en los países de la región, este escenario presenta síntomas de un proceso acelerado de inestabilidad y transición.
    
Su aplicación unánime y sumisa, enmarcada en el “Consenso de Washington” e impulsada por el gobierno norteamericano, el FMI, el Banco Mundial y otros organismos conexos, se tradujo —como fue anunciado en el capítulo introductorio— en el debilitamiento de los Estados nacionales y su función reguladora e interventora de la economía, el desmonte drástico de los mecanismos de protección de las economías nacionales, la enajenación de las empresas más rentables y de mayor valor estratégico en manos de grandes corporaciones transnacionales, la masiva quiebra de empresas industriales nacionales, la conformación de nuevos monopolios mediante las fusiones de empresas, la libre entrada y salida del capital extranjero, la poca generación de empleo y la degradación y precarización de éste, la consecuente reducción del poder de compra de los trabajadores, el aumento incontrolado de las importaciones y el desplazamiento de la producción manufacturera y agroindustrial nacional, la fuga de capitales y muchos otros efectos adversos. Todo esto bajo las más agresivas prácticas de “capitalismo salvaje” y de aprovechamiento de las flaquezas y abyecciones propias del capitalismo periférico típico de los países de la región.
  
 Estos cambios fueron introducidos bajo la prédica y la gestión de un arrogante grupo de jóvenes economistas y estrategas del desarrollo económico formados principalmente en la denominada Escuela de Chicago y en la Universidad de Harvard, quienes —al amparo de las dictaduras de la época— impusieron sus ideas con expreso fundamentalismo y el silenciamiento, la exclusión y el marginamiento de sus colegas opositores, a quienes se apostrofó maniqueamente como retardatarios y “dinosaurios”. En esta campaña la CEPAL y sus propuestas iniciales fueron el blanco propiciatorio. Con estas ideas y esta actitud se tomaron por asalto todos los cargos públicos y privados importantes, así como los más acreditados centros académicos y círculos de asesoría y consultoría económica de la región y saturaron con su prédica fundamentalista los medios de comunicación.
 
   La nueva doctrina y sus estrategias y políticas produjeron en corto plazo un cambio significativo en la trayectoria de crecimiento y de sustitución de importaciones que caracterizó la economía regional durante casi 30 años, justificado con la promesa de que el libre comercio y la globalización de la economía y las nuevas exportaciones conectarían pronto y favorablemente a los países con las corrientes más intensas y nichos del mercado, los capitales y la tecnología mundiales. Sin embargo “los ríos de leche y miel” prometidos no han llegado hasta ahora, y el crecimiento económico descendió del 5% en promedio al 2% en  el período dominado por el nuevo evangelio económico neoliberal.

    Tampoco se hizo realidad la quimera del libre y competitivo acceso a los mercados internacionales al impulso de la Globalización de la economía y el mercado, debido a varias razones. En primer lugar, la persistencia de las asimetrías  en la oferta productiva y la inequidad de los términos de intercambio comercial. En segundo lugar, porque la competitividad globalizada opera sobre bases de un alto valor agregado de origen científico y tecnológico, que solo las grandes potencias y sus empresas transnacionales pueden lograr. Y en tercer lugar, porque dichas grandes potencias han acumulado gran capacidad en la producción industrializada subsidiada y de altas productividad y eficiencia de las materias primas que —con diversos matices— los países de la región producen todavía casi en forma preindustrial.
  
  El balance del período evidencia que los países que más aplicaron la nueva doctrina les fue mal, mientras que los que reaccionaron a tiempo lograron defender sus economías; las balanzas internacionales se tornaron negativas, la inyecciones de capital extranjero promovidas por las altas tasas de interés condujeron a la apreciación artificial de las monedas nacionales; el endeudamiento aumentó y provocó desastres financieros nacionales en países como México, Argentina, Brasil y otros, el desarrollo humano declinó, la producción manufacturera cedió terreno a los productos importados; las actividades agropecuarias no pudieron competir con la producción altamente tecnificada y subsidiada de los Estados Unidos y la generada a menor costos en los países asiáticos. Sólo muy recientemente algunos países con buena producción de alimentos y materias primas industriales han podido comenzar a beneficiarse; y no precisamente por las estrategias neoliberales sino por la colosal demanda que el ritmo acelerado de desarrollo y crecimiento de China, India y otros países asiáticos está generando, así como la derivada de la frenética producción de biocombustibles emprendida por los países industrializados ante los altos precios del petróleo alcanzados hasta hace poco. Pero no debe dejar de considerarse que economías como la norteamericana, la canadiense y la australiana, y algunas asiáticas y africanas pueden muy pronto a entrar a competir con los países de la región en la producción de las citadas commodities, ahora que éstas han alcanzado precios atractivos.
    
 Al concluir estos seis lustros de neoliberalismo económico, las economías de los países de la región han experimentado un nuevo proceso de colonización y dependencia, que se expresa en una profunda penetración del capital extranjero y el predominio de las grandes empresas transnacionales de Estados Unidos, Europa y Japón. Todo ello caracterizado por la apropiación de los mejores activos empresariales, las fuentes energéticas y mineras, los bancos y corporaciones financieras, las más grandes empresas comerciales, las fábricas y ensambladoras de vehículos, los laboratorios farmacéuticos, la infraestructura básica, los servicios urbanos y los servicios médicos, los fondos de pensión, las telecomunicaciones, los medios de comunicación, la asesoría técnica, las industrias culturales y de entretenimiento y otros activos de gran valor estratégico. Por esta vía, dichas transnacionales también han capturado en gran medida el Estado y los mecanismos de decisión política y económica, y han penetrado y vulnerado las respectivas culturas nacionales. Además, casi todos los países de la región han vuelto al modelo agro-minero-exportador que estaba siendo superado por procesos de industrialización, lo cual significa un retroceso histórico de alta significación.
    
 Ahora y con gran sorpresa de muchos incautos, las “burbujas” hipotecaria y financiera de los Estados Unidos y sus repercusiones sobre Europa, Japón y otros países están dejando al descubierto las falacias del neoliberalismo económico. Es decir, que el país que nos impuso en la región sus doctrinas y prácticas parece resultar ahora la mayor víctima de su propio invento. Esto no sería grave si los efectos de este desastre —ya confirmado por la FED, el FMI, el Banco Mundial y la propia Casa Blanca, así como reconocido por la OECD, el Foro Económico Mundial y numerosos académicos neoliberales como Krugman (2003) y Stiglitz (2006) y muchos contestatarios— no tuviera graves repercusiones para Latinoamérica y el Caribe y el resto de la economía mundial. Pero es ya una percepción generalizada que LAC sufrirá creciente e intensamente su impacto, en un momento en que sus economías nacionales se encuentran debilitadas y vulneradas y sus Estados nacionales despojados de su poder de intervención.

3. LA CRISIS ECONÓMICA MUNDIAL Y SUS NATURALEZA SISTÉMICA

La profunda crisis financiera y económica que desde 2007 ha comenzado a afectar a los Estados Unidos y que ya empezó a manifestarse en Europa puede constituirse en el mayor factor perturbador del escenario económico de Latinoamericano y caribeño y, por eso, merece una descripción y un análisis especial.
    
 Este fenómeno ya está teniendo serios impactos en la mayoría de los países de la región y de él depende en buena medida la configuración del futuro panorama económico de la región. Aunque se ha originado en los Estados Unidos, se le otorga a este fenómeno  alcances mundiales, se le asigna básicamente una naturaleza de simple “crisis financiera”, y su análisis se centra en la explosión de la “burbuja hipotecaria” y no en la eventualidad de una crisis sistémica del modelo económico capitalista neoliberal y su globalización o, peor aun, de una crisis estructural del capitalismo como la vislumbrada por Wallerstein (2007), o de la posibilidad de una crisis de civilización, como lo afirma  Dierkxsens (2008).

Al analizar a fondo el fenómeno y con un enfoque integrado y sistémico, se tiene la sensación de que la explosión de dicha “burbuja” es uno de los efectos de una crisis más profunda y no su causa. Se está haciendo creer que se trata simplemente de un traspié financiero coyuntural de algunos bancos y empresas de la economía real, del cual se puede salir fácilmente mediante un programa de refinanciamiento selectivo por parte del gobierno, algunos ajustes regulatorios del mercado, el reforzamiento del libre comercio mundial y la consolidación de los  mecanismos internacionales establecidos en Breton Wood. También hay quienes reducen el fenómeno a las consecuencias del libertinaje, los excesos y desmanes propios del libre mercado Todo ello con salvavidas para los banqueros, amonestaciones a los grandes industriales, endoso de las pérdidas al contribuyente,  traslado de los perjuicios a los pequeños ahorradores e impunidad institucionalizada para los causantes del desastre. Al menos eso es los que han venido haciendo los Estados Unidos y algunos países europeos antes y después del reciente cónclave del G-20 de Washington; y es también lo que el Congreso norteamericano ha venido exigiéndole a las tres grandes empresas de la industria automoviliaria como condición para lanzarles el salvavidas.  Pero se omite el hecho de que no solo opera la burbuja del sector privado sino también la del gobierno —el cuantioso y desbocado endeudamiento externo, el excesivo déficit fiscal, el creciente desbalance comercial, el absurdo y desmedido gasto militar, la incontrolada emisión sin respaldo, y otros desaciertos— que puede estar próxima a estallar con consecuencias imprevisibles para toda la economía mundial y el valor de las reservas internacionales de la gran mayoría de los países.

Lo sucedido hasta ahora parece indicar que no se trata de una simple crisis coyuntural de los subsistemas financieros norteamericano, británico, alemán, español y de otros pocos países, debido a prácticas irresponsables en el manejo del crédito; sino, más bien, de una crisis estructural de todo el sistema capitalista —particularmente en su actual versión neoliberal globalizante— que ha comenzado en Estados Unidos y que, por comprender su economía el 25% del PIB mundial y por efectos de la “globalización”, está teniendo ya la correspondiente repercusión en todos los países que aplicaron las doctrinas y prácticas neoliberales, de acuerdo a la intensidad y profundidad de tal aplicación. Aunque aparentemente el desastre parece operar básicamente en el subsistema financiero, también operan procesos críticos en, entre otros, los  subsistemas de la economía real, el institucional, el social y el político, como corresponde al funcionamiento de todo sistema complejo, como lo es el de la economía.

En el primero —el subsistema financiero— ha estallado la burbuja generada por la voracidad especulativa, la anarquía generada por la desregulación de la economía y la irresponsabilidad propias del mercado capitalista neoliberal, al impulso del crédito sin capacidad de amortización o subprime, con la consecuente paralización del subsistema  hipotecario y la quiebra  en cadena de  numerosas  corporaciones de ahorro y crédito para vivienda, fondos de  pensión y numerosos bancos, así como en sus efectos letales en el mercado bursátil.
 
   En el segundo —la economía real— contribuyen al desastre las consecuencias adversas del traslado masivo durante los últimos 20 años de  las actividades  productivas  norteamericanas y de algunos  países europeos a las periferias internacionales como China, India, Corea, Taiwan, Malasia y Singapur y otros enclaves industriales y comerciales del Pacífico asiático;   así como al norte y el sur  de África  y varios  países  latinoamericanos  y caribeños  utilizados  para el maquilaje. En su afán irrefrenable de lucro, los empresarios norteamericanos y un importante sector de los europeos trasladaron a dichas periferias sus fábricas; y, para ello, transfirieron buena parte de su tecnología y gran parte de su capacidad financiera y gerencial,  y entregaron “en bandeja” los propios mercados centrales a dicha producción. En esta forma sacrificaron el empleo local en sus propios países, desfinanciaron las empresas locales, cedieron el mercado de materias primas y productos intermedios y generaron capacidad competitiva rival por parte de dichas periferias. Todo ello para maximizar el lucro a base de salarios e impuestos mínimos y prebendas en subsidios fiscales, infraestructuras y servicios. Esta estrategia ya había sido aplicada en Japón, Corea, Taiwán, Hong Kong y otros enclaves asiáticos a comienzos de la posguerra.

Todo esto significó un impacto demoledor sobre el subsistema productivo en Estados Unidos y demás países centrales involucrados en la producción outsourcing, que se tradujo en pérdida masiva de empleo local, reducción del poder de compra y subconsumo y la consecuente contracción de la producción. Mientras tanto, y para paliar esta situación —y también para incrementar la acumulación— se apeló a la acción dinamizadora de la construcción de vivienda basada en un irresponsable mecanismo de crédito a costa de altos riesgos de incumplimiento en la amortización  por parte de una clientela progresivamente empobrecida por el desempleo y la disminución de su ingreso. A esta situación contribuyó otra perla del neoliberalismo económico: la privatización especulativa de las infraestructuras y los servicios públicos y asistenciales, la precarización del trabajo y la minimización de los salarios, así como la vulneración de la seguridad social, la agresividad especulativa del mercado en general y varias otras prácticas propias del “capitalismo salvaje”,  transnacional y globalizado.

En el tercero —el subsistema institucional— el aniquilamiento y la satanización del Estado y su función reguladora de la economía en general dejaron a la sociedad en manos de la individualista y perversa “invisible mano del mercado”. Como lo demuestra la experiencia histórica, ésta opera impulsada principalmente por varios factores adversos: la voracidad y la irresponsabilidad del empresariado financiero y comercial capitalista neoliberal, la corrupción gerencial, la ausencia de espíritu schompeteriano de los industriales, el funcionamiento volátil de la bolsa, las políticas pro-cíclicas, la voracidad del gasto público y su desvío fascista hacia la guerra, la satisfacción de apetitos imperiales, y otros fenómenos afines. Todo esto con la secuela de la pérdida de la confianza en las instituciones financieras, los círculos empresariales y la dirigencia política, con lo cual se fue vulnerando uno de los más sensibles fuertes de apoyo del sistema capitalista y su mercado, como lo es la confianza pública. Y esto se está constituyendo en una circunstancia letal para un sistema financiero  que, como el norteamericano, se ha tornado bastante artificial debido al colosal endeudamiento, la masiva emisión inorgánica, el manejo mafioso de las grandes empresas con sus fraudes gerenciales, y las políticas irresponsables de las autoridades financieras y económicas, así como los cuantiosos gastos de las dos guerras en las que el país se encuentra absurdamente embarcado y sin salida.

En el cuarto —el subsistema social— la desestabilización del trabajo, la pérdida de empleos, la precarización de los ingresos, la vulneración del sistema de pensiones, la privatización especulativa de los servicios sociales, y en general el desmonte de las conquistas sociales de los últimos 75 años, generaron y siguen generando un nuevo frente de lesión: el descontento y el disenso sociales derivados de la citada falta de confianza en las instituciones y el liderazgo político, la frustración colectiva y la gestación de una explosiva inconformidad social que —como lo enseña la historia en estos casos— puede conducir más al fascismo y el populismo que a la revolución.  Este panorama se ha venido complicando con los catastróficos embates de la naturaleza derivados del cambio climático y la depredación ambiental, que vienen asestando continuos y costosos desastres naturales en los Estados Unidos y otros países.

En el quinto —el subsistema político— las cosas tampoco resultaron bien en el escenario neoliberal norteamericano porque, bajo el dogma del endiosamiento del mercado y la imposibilidad doctrinaria de la intervención del Estado, una vez perdido el control político de la producción y el mercado, los gobiernos se quedaron sin instrumentos para actuar oportuna y correctivamente. Ante el desastre y la necesidad de improvisar un mecanismo de rescate, el único camino expedito ha sido el endeudamiento desbocado y la acelerada emisión inorgánica para salvar a los banqueros, así como el traslado de los costos y pérdidas a la sociedad y particularmente a los sectores de menor ingreso.

Todo el adverso cuadro anterior ha dejado ver el irresponsable manejo político de los países embarcados en las doctrinas neoliberales, y esta situación ha comenzado a tener serias consecuencias en la estabilidad política de los países. Ya en las recientes elecciones los Estados Unidos se vieron enfrentados a un abrupto e imprevisto relevo político en la Casa Blanca, impuesto por sectores sociales inconformes afectados por la crisis, y un fenómeno similar viene avanzando en la clase empresarial.  Todo esto con consecuencias imprevisibles de disenso y caos, solo controlables si el presidente Obama logra éxito en su propuesta inductiva de “cambio político y social” y “audacia de la esperanza”. En Latinoamérica los pueblos ya vienen  pasando cuentas de cobro a la dirigencia neoliberal, pero la falta de una alternativa al “consenso de Washington” y de eficiente liderazgo público, puede conducir a la frustración de los cambios,  el populismo demagógico, o al golpismo fascista y el regreso democrático de los gobiernos conservadores de siempre.

Por el alto grado de influencia hegemónica de la economía norteamericana sobre la mundial, su funcionamiento transnacional e imperial y por el acelerado proceso de “globalización” a su favor —no solo económica, sino también cultural y política— los efectos del desastre se están esparciendo ya por todo el planeta, particularmente en los países que con mayor profundidad y abyección  aplicaron las doctrinas neoliberales. La actual situación financiera crítica de Grecia, Islandia e Irlanda, los fundados temores de los analistas sobre los casos de Portugal, España, Hungría, Letonia y otros países, y la creciente agitación socioeconómica en España, Grecia, Francia e Italia, así como el abrupto cambio de gobierno en el Reino Unido, parecen reflejar la metástasis de de la crisis norteamericana; y bien pueden constituir la punta de iceberg que amenaza a la economía europea.

 Pero este preocupante escenario no debe conducir a confusión. Es indudable que el sistema capitalista está en crisis, pero también lo es que aun le quedan los recursos tradicionales —incluidos el fascismo y la guerra total— que le permiten alargar su crisis. Sobre esto no debe haber equivocaciones. Las izquierdas no pueden confundir alegremente la actual crisis financiera y económica con el fin del capitalismo, aunque —en el marco histórico del colapso del reciente imperialismo bipolar—  no es descartable que la crisis actual de los Estados Unidos y sus aliados capitalistas pudiera ser la contrapartida tardía de la implosión del comunismo. Tampoco pueden ilusoriamente las derechas pretender salvar el capitalismo con parches aislados de apariencia socialista, o con aislados instrumentos keynesianos. El verdadero socialismo no fue concebido para sustituir ni apuntalar al capitalismo. Las medidas intervensionistas que están proponiendo la Casa Blanca, la FED y actualmente las autoridades económicas de la Unión Europea no constituyen socialismo, sino recursos estratégicos recurrentes del capitalismo para salvar a los banqueros deshonestos y traspasar las pérdidas a los contribuyentes y en particular a los estratos medios y populares. Tampoco sirven los apresurados proyectos de infraestructura y energía porque todos ellos demandan un largo período de maduración.

Por todas las consideraciones anteriores y otras conexas, el enfrentamiento de la crisis exige un planteamiento, un análisis y unas alternativas de inequívoca naturaleza sistémica. Y este ejercicio deberá tener adecuada incidencia en el rumbo del propuesto replanteamiento del desarrollo y la economía de la región.
*   *   *   *   *
      Es en torno al adverso escenario económico dejado por 3 decenios de neoliberalismo y este nuevo ámbito de inestabilidad e incertidumbre en la economía mundial, en el que hay que iniciar la búsqueda de los nuevos caminos para LAC. Es decir, la tarea de construir el nuevo pensamiento para su desarrollo y su economía. Aportes invaluables en este empeño son los interesantes trabajos de investigación y propuestas de los académicos, economistas, planificadores del desarrollo y demás científicos sociales latinoamericanos y extranjeros estudiosos de realidad y el destino de Latinoamérica y el Caribe, que han venido trabajando en la búsqueda de un camino propio para la región.

Segunda Parte

EL REPLANTEAMIENTO DEL DESARROLLO Y LA ECONOMÍA
DE LATINOAMÉRICA Y EL CARIBE

1.  HACIA UN NUEVO CONCEPTO DEL DESARROLLO DE NUESTRAS NACIONES

1.1 Limitaciones y falacias del paradigma vigente

Este concepto juega un papel determinante en el estudio de la realidad de los países de nuestra región y en el propósito de construir un nuevo pensamiento sobre su desarrollo y su economía.
    
El término desarrollo —referido en general al progreso de las naciones— constituye uno de los más usados y abusados de la literatura económica académica y política internacional de los últimos 60 años. Aunque en verdad se limita a la dinámica de crecimiento cuantitativo de la respectiva economía nacional —expresada en función de la tasa de crecimiento del Producto Bruto Interno— en la práctica y para todos los fines del estudio socioeconómico y sociopolítico la academia, los organismos internacionales y los políticos lo han es extendido indebidamente al conjunto de procesos de transformación, modernización y progreso de las respectivas sociedades nacionales.
    
Es además el aspecto conceptual menos estudiado de toda la temática del desarrollo nacional y su contenido y sus alcances sólo han evolucionado superficialmente y en forma incremental en los últimos 60 años. En efecto, entre 1948 y 1960 se concibió solo como el desarrollo de la economía o “desarrollo económico”, expresado en términos de la tasa de incremento anual de la producción. En 1962, a raíz del programa del Presidente Kennedy para la región denominado “La Alianza para el Progreso”, se le adicionó el adjetivo social y se habló entonces de “desarrollo económico y social”. Entre 1979 y 1980 se le agregó el adjetivo ambiental en respuesta a las propuestas de la Primera Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente y se comenzó a hablar de “desarrollo económico, social y ambiental”. Entre 1980 y 1985 se le adicionaron los adjetivos regional y urbano y habló entonces de “desarrollo económico, social, ambiental y regional y urbano”, en respuesta a los conflictivos impactos de la urbanización en torno a las grandes ciudades. Entre 1995 y 2000 se le adicionó el adjetivo político, en razón del fracaso de las políticas y el fallido desempeño de los políticos, y se habló entonces de “desarrollo económico, social, ambiental, regional/urbano y político”. Y a comienzos del actual decenio se comenzó a tomar conciencia en algunos círculos académicos y políticos sobre la crisis de este enfoque incrementarista y algunos empezaron a hablar de “desarrollo” a secas, mientras que otros desviaron la atención hacia la necesidad de mitigar las desigualdades sociales y la pobreza.
    
No obstante este via crucis conceptual, hoy después de 60 años se continua confundiendo el desarrollo nacional —de la sociedad nacional— con el simple incremento cuantitativo de la economía —básicamente la producción— estructura ésta que apenas constituye una parte del complejo proceso de desarrollo de las sociedades nacionales, como debería saberse. Por este largo camino se llegó a un enfoque esencialmente economicista del desarrollo nacional.
  
  Esta situación ha introducido imprecisión confusión en el análisis del fenómeno del desarrollo de los países en el último medio siglo y ha permitido desviar el concepto hacia el crecimiento de la economía, que constituye sólo una de las varias estructuras funcionales de la sociedad, con el desarrollo orgánico y estructural de ésta y del respectivo país. Al mismo tiempo ha disfrazado la realidad social, económica, ambiental, territorial y política de las sociedades naciones —particularmente del Tercer Mundo— especialmente en los siguientes aspectos:  el desempeño de los diversos sectores de la economía y su contribución real al progreso de la sociedad, la distribución de la riqueza producida, el manejo estratégico del territorio nacional como contexto espacial socioeconómico, la eficiencia en la gestión pública y privada, la soberanía política nacional, la preservación de los recursos naturales y principalmente, los procesos cualitativos de transformación social derivados del crecimiento económico y del adecuado desempeño de los recursos humanos, territoriales, ambientales, económicos, políticos, etc. Con base en esta falla conceptual e instrumental los economistas, los políticos y los organismos internacionales han venido interpretando y manejando la dinámica social, política y económica de los países y hasta la Academia Sueca ha laureado una larga lista de economistas. En esta última crítica quizá se exceptúa el premio para Amartya Sen (2000), quien basa su noción del desarrollo nacional en el ejercicio de las libertades humanas.

1.2 Hacia un nuevo enfoque conceptual y político del desarrollo nacional

      Iniciado el nuevo siglo y un nuevo milenio, las sociedades contemporáneas y sus respectivas naciones —incluidas las latinoamericanas y caribeñas— necesitan un nuevo instrumento conceptual que les permita entender y manejar los complejos procesos involucrados en su tránsito hacia la convivencia, el progreso y la supervivencia, así como a la satisfacción de sus más preciadas aspiraciones y la realización biológica, social, emocional, cultural, política, intelectual y espiritual. Si bien el desafío fundamental de la vida y de todos los seres vivos ha sido y seguirá siendo la supervivencia, para los seres humanos este reto no sólo tiene un sentido biológico y vegetativo como en los animales y las plantas; sino que adquiere también —y fundamentalmente— un sentido cualitativo de realización individual y colectiva y trascendencia. Sobrevivir si, pero con dignidad, equidad, libertad y en constante progreso material y espiritual. Además, trascender históricamente en el espacio, el tiempo y en el ámbito de su propia comunidad y —por extensión y a través de la sociedad nacional— en el concierto de las naciones. Esta necesidad de sobrevivencia y progreso material, intelectual y espiritual es el gran desafío de la humanidad de ayer, de hoy y del futuro: sobrevivir, progresar y perfeccionarse para poder enfrentar los desafíos que cada coyuntura histórica le plantea; y, mediante ello, progresar y trascender. Y por esta vía lograr la realización individual y colectiva y la conquista de un destino histórico ascendente y halagador.
    
 En el caso de la humanidad no se trata simplemente de una necesidad, sino también —y fundamentalmente— de una poderosa e incontenible compulsión. Ello es así, porque ésta tiene al mismo tiempo dos tipos de desafíos. Por un lado, los retos exógenos que son también dos: el primero, la conservación y la sostenibilidad del medio natural y el valioso e irremplazable patrimonio de recursos naturales, incluido el planeta todo, y de hábitat humano individual y colectivo; y el segundo, enfrentar el afán de conquista y dominio de las naciones más fuertes, que con diversos pretextos y métodos siempre han emprendido — y siguen haciéndolo— sojuzgar a las naciones y grupos sociales débiles. Y, por otro, los endógenos, que son los que surgen de la propia naturaleza humana, empeñada siempre en superar sus problemas básicos de la sobrevivencia, el bienestar y el progreso; y los retos idealistas que —como los molinos de vientos de Don Quijote— surgen de su propio espíritu imaginativo, creador y desafiante y su necesidad congénita y vital de avanzar cada vez más hacia delante y hacia arriba. Es decir, avanzar cuantitativa y cualitativamente en un afán desenfrenado de conquista material e intelectual de nuevas y mejores condiciones de vida, mayor poder, mayores horizontes de conocimiento del universo biótico, físico, social, económico, político e histórico que le rodea, así como de medios disuasivos para retener lo conquistado y superar a todo eventual adversario supuesto o real. Este doble sentido del desafío ha sido y quizá seguirá siendo el gran impulsor material e intelectual de la humanidad.
    
En este doble afán de sobrevivencia y progreso y la intensa lucha que todo esto lleva aparejada, la humanidad y cada una de las sociedades nacionales parecen cumplir una nueva versión política y socioeconómica de los prodigiosos procesos evolucionistas de los que tan lúcidamente habló Charles Darwin (2007)  hace 130 años en relación con el origen de las especies. Es decir, se cumple en el plano social y cultural la constante transformación de los organismos vivos para adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes de su hábitat y su entorno, para superar así cada nuevo reto planteado por el mundo en que viven y el que les rodea, a la manera de la historia de Arnold Toynbee (1963). Es en esta forma como todas las sociedades nacionales presentes han podido sobrevivir y avanzar hasta ahora; y es de esta capacidad para evolucionar progresando y superando cada nuevo desafío, que sigue dependiendo la supervivencia de éstas en el futuro. Las que no pudieron hacerlo fueron quedando rezagadas a lo largo del transcurso de la historia; y probablemente lo mismo acontecerá en el futuro con aquellas que sean incapaces de enfrentar y superar estos retos históricos y políticos. Es en este marco filosófico e histórico y en el contexto de los escenarios descritos inicialmente sobre los cuales los países de la región necesitan plantear sus propósitos de desarrollo.
  
 Así, en el ejercicio de reformulación conceptual que nos anima, resulta absolutamente necesario intentar una aproximación conceptual y metodológica a ese complejo, unitario, societario y sistémico universo del fenómeno del desarrollo nacional. Para ello podría partirse de las siguientes hipótesis principales:
El desarrollo de una nación consiste básicamente en la capacidad creadora acumulada de su respectiva sociedad para entender y enfrentar con éxito los grandes problemas y desafíos sociales, ambientales, políticos y económicos que cada coyuntura histórica le plantea, así como para generar la riqueza necesaria para financiar el logro de este objetivo supremo.
La superación de desafíos, aspiraciones y problemas que involucra el desarrollo nacional son de diversa naturaleza y su jerarquización y prioridades para enfrentarlos varían según las características específicas de cada sociedad, su estadio de desarrollo, su respectivo sistema sociopolítico y económico, el tamaño y las características de su población, sus valores socioculturales, el grado de conciencia social y política, el momento histórico por el cual atraviesa, y otros factores y circunstancias conexos. También varía en función del entorno internacional imperante y la posibilidad y capacidad de cada país para insertarse consciente y deliberadamente en éste y beneficiarse de tal inserción, así como para defender sus intereses fundamentales frente a las potencias hegemónicas del momento. En este marco conceptual puede partirse de la base de que la condición de “país desarrollado” se deriva de la acumulación de dicha capacidad en enfrentamiento de los mencionados desafíos y problemas básicos. Mientras que el grado o “nivel de desarrollo” se relaciona con los niveles de consolidación y acumulación de ésta. En correspondencia, la condición de “país subdesarrollado”  —o atrasado— y los correspondientes “grados de subdesarrollo” se relacionan con los grados de ausencia de tal capacidad.  Y por analogía este concepto es aplicable a los contextos subnacionales de escalas regional, municipal, urbana y rural, en el sentido de que las sociedades y comunidades de éstos generalmente presentan las mismas ventajas o dificultades, según el caso, para superar sus desafíos y problemas básicos.
En la conformación de dicha capacidad y su ejercicio es la sociedad en su conjunto la que se desarrolla, y no simplemente su economía, o cualquiera otra estructura particular, por importante que ésta parezca; y esta circunstancia convierte a dicha sociedad en sujeto, objeto y beneficiaria de los procesos del desarrollo.
Una vez desarrollada la sociedad, este logro —fundamentalmente humano y societario— es lo que hace posible la generación y la liberación de las energías generadoras e impulsoras, la movilización de los recursos naturales, económicos y políticos y la capacidad creadora individual y colectiva; así como la modernización, el crecimiento y el desarrollo de las estructuras sociales, políticas, económicas, territoriales, ambientales y de toda otra índole que inciden en el desarrollo nacional.
Una vez desarrollada la sociedad, este logro —fundamentalmente humano y societario— es lo que hace posible la generación y la liberación de las energías generadoras e impulsoras, la movilización de los recursos naturales, económicos y políticos y la capacidad creadora individual y colectiva; así como la modernización, el crecimiento y el desarrollo de las estructuras sociales, políticas, económicas, territoriales, ambientales y de toda otra índole que inciden en el desarrollo nacional.
Dicha sociedad y sus estructuras, procesos y actividades conforman un conjunto holístico, integrado, mutidimensional, de alta complejidad y de funcionamiento sistémico; y por ello, son múltiples y de diversa naturaleza los factores, procesos y eventos que inciden en el fenómeno del desarrollo, y todas las relaciones entre éstos operan en una dinámica circular —no lineal— de índole sistémica. (véanse Grafico 1: El sistema de Subsistemas del Desarrollo Nacional; y Gráfico 2:La Interrelación Sistémica de los Cambios en el Desarrollo)
Para asegurar la efectividad y la sostenibilidad de los esfuerzos y recursos involucrados en los procesos del desarrollo nacional es necesario que éstos sean de naturaleza básicamente endógena y persistente en el tiempo, sin perjuicio de que ciertos factores ocasionales exógenos puedan aportar una contribución positiva.
El desarrollo de una nación tiene un único propósito: la constante transformación de ésta en busca del progreso y el bienestar sociales, concebidos indeclinablemente estos últimos en función del ser humano y el respeto a su dignidad y sus derechos, tanto en su dimensión individual como colectiva; y por esta vía, integrarse a la comunidad internacional con anhelos de convivencia,  solidaridad, cooperación y paz. Por esta razón su desencadenamiento no constituye un punto final y definitivo, sino una condición dinámica en permanente confrontación con los retos de cada coyuntura histórica.
 Debido a la diversidad de los individuos y los grupos —así como a sus respectivos recursos y potencialidades individuales y colectivas— que conforman las sociedades nacionales, los procesos del desarrollo y su dinámica requieren estar acompañados de condiciones efectivas de integración, inclusión, convivencia, participación, justicia y equidad sociales, ya que éstas constituyen parte esencial de los logros básicos del desarrollo nacional.




 Una vez desarrollada la sociedad, este logro —fundamentalmente humano y societario— es lo que hace posible la generación y la liberación de las energías generadoras e impulsoras, la movilización de los recursos naturales, económicos y políticos y la capacidad creadora individual y colectiva; así como la modernización, el crecimiento y el desarrollo de las estructuras sociales, políticas, económicas, territoriales, ambientales y de toda otra índole que inciden en el desarrollo nacional.
 Dicha sociedad y sus estructuras, procesos y actividades conforman un conjunto holístico, integrado, mutidimensional, de alta complejidad y de funcionamiento sistémico; y por ello, son múltiples y de diversa naturaleza los factores, procesos y eventos que inciden en el fenómeno del desarrollo, y todas las relaciones entre éstos operan en una dinámica circular —no lineal— de índole sistémica. (véanse Grafico 1: El sistema de Subsistemas del Desarrollo Nacional; y Gráfico 2: La Interrelación Sistémica de los Cambios en el Desarrollo)
 Para asegurar la efectividad y la sostenibilidad de los esfuerzos y recursos involucrados en los procesos del desarrollo nacional es necesario que éstos sean de naturaleza básicamente endógena y persistentes en el tiempo, sin perjuicio de que ciertos factores ocasionales exógenos puedan aportar una contribución positiva.
El desarrollo de una nación tiene un único propósito: la constante transformación de ésta en busca del progreso y el bienestar sociales, concebidos indeclinablemente estos últimos en función del ser humano y el respeto a su dignidad y sus derechos, tanto en su dimensión individual como colectiva; y por esta vía, integrarse a la comunidad internacional con anhelos de convivencia,  solidaridad, cooperación y paz. Por esta razón su desencadenamiento no constituye un punto final y definitivo, sino una condición dinámica en permanente confrontación con los retos de cada coyuntura histórica.
Debido a la diversidad de los individuos y los grupos —así como a sus respectivos recursos y potencialidades individuales y colectivas— que conforman las sociedades nacionales, los procesos del desarrollo y su dinámica requieren estar acompañados de condiciones efectivas de integración, inclusión, convivencia, participación, justicia y equidad sociales, ya que éstas constituyen parte esencial de los logros básicos del desarrollo nacional.
 Para el logro de los anteriores objetivos y como garantía de la supervivencia de la especie humana y la vida toda, el desarrollo de la sociedad debe estar regido por el respeto, consciente, deliberado e irrestricto de la naturaleza y sus recursos, lo cual condiciona ecológicamente todas las actividades económicas, sociales y de ocupación y manejo territoriales. Esto significa producción económica y actividad social limpias, asentamientos ecológicamente compatibles y mitigación del calentamiento planetario y el cambio climático derivado del calentamiento global.
Dadas  la unidad planetaria  y la interconexión y la dinámica sistémicas de la historia, la economía y demás actividades humanas, el desarrollo de las naciones requiere una atmósfera internacional de convivencia, reconocimiento de la diversidad, cooperación y paz interna y externa; así como de respeto a la soberanía de los pueblos.
El desencadenamiento de los procesos del desarrollo nacional  y su consolidación y sostenibilidad constituyen el más grande e inaplazable desafío histórico de las naciones del Tercer Mundo, incluidos los países latinoamericanos y caribeños; y el dilema para éstas es desarrollarse o sucumbir como naciones dignas y libres, bajo la dominación implacable de las potencias industrializadas.
Para que los valores, las actitudes, motivaciones y aptitudes positivos, así como el desencadenamiento de la capacidad creadora de los individuos y los grupos surjan y se consoliden, el fenómeno del desarrollo nacional requiere una auténtica atmósfera de libertad individual y colectiva, y su ejerció efectivo con la debida responsabilidad social.

 Los anteriores postulados entrañan en su conjunto un nuevo y más objetivo paradigma del desarrollo de las naciones, que postula el rol protagónico de la sociedad nacional y todos sus miembros en generación y dinámica de este fenómeno, interpreta su naturaleza compleja, multidimensional e indivisible y su dinámica sistémica, le imprime el compromiso de compatibilidad con la naturaleza, le asigna una función ideológica precisa sus objetivos y metas, y le imprime un contenido profundamente humano y social.
    
 Es en este amplio, holístico, multidimensional, complejo y sistémico enfoque conceptual —u otro similar— en el cual los países de la región podrían comprender y fundamentar sus propósitos de desarrollo. En esta forma podría superarse las falencias del enfoque tradicional de “desarrollo económico”, que no nos permite visualizar e incorporar la fuerza dinámica de cambio, transformación, progreso y movilización consciente y deliberada de la sociedad.  


2.   HACIA UNA NUEVA SOCIEDAD

En conformidad con lo expuesto en el capítulo precedente, si el desarrollo nacional es un fenómeno fundamentalmente societario en el cual la sociedad nacional es al mismo tiempo objeto, sujeto ejecutor y beneficiario de éste, dicha sociedad se constituye en el actor determinante de los procesos del desarrollo nacional. Ella y sus estructuras orgánicas, sus capacidades y destrezas, su ideología, sus valores, sus actitudes, sus motivaciones, sus fortalezas, sus debilidades y demás características y atributos deben constituir el tema central de cualquier intento de construcción del nuevo paradigma del desarrollo nacional. En el caso que nos ocupa: el replanteamiento conceptual y político del desarrollo y la economía de Latinoamérica y el Caribe.
    
 Para dignificar a nuestros pueblos y para los fines del desarrollo nacional, nuestros países necesitan un nuevo concepto de sociedad o de orden social que supere el viciado enfoque vigente impuesto principalmente por el lastre colonial, el capitalismo y su doctrina neoliberal. Como es sabido, según este enfoque las sociedades nacionales son en la práctica meras fuentes de materias primas, mercados demandadores de mercancías y servicios, contingentes de trabajadores formales e informales y masas electorales para el afianzamiento del mercado y los privilegios de las fuerzas sociales en el poder. Asimismo, como bases territoriales de influencia económica, geopolítica y militar de las respectiva potencia hegemónica. Desafortunadamente, y en general, así son concebidos por las clases dominantes nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños y así son obligados a funcionar y sobrevivir. Por estas razones el replanteamiento debe comenzar por el gran debate del tipo o modelo de sociedad que los países de la región requieren para liberarse, desarrollarse y progresar. Es decir la identificación de un proyecto político de nueva sociedad.
    
  No existe en la actualidad en la región —ni en el mundo— un proyecto de sociedad relativamente consensuado sobre lo que debe ser la sociedad presente y su proyección en la prospectiva del Siglo XXI. Y es difícil que esto se logre en el corto y mediano plazos debido a, entre otros, los siguientes factores principales: (i) la incertidumbre derivada de la actual crisis económica internacional que afecta a buena parte de los países; (ii) las modificaciones que están operándose en los ordenes económico, político y geopolítico en el plano mundial; (iii) el impacto político  del reciente colapso del comunismo estatista; (iv) la creciente dilusión del “sueño americano” en los Estados Unidos, la crisis financiera del modelo “Estado Benefactor” europeo; (v) la insurgencia de las sociedades teocráticas del oriente medio y Asia Central; (vi) las reivindicaciones de los pueblos indígenas y otras minorías; (vii) los movimientos en torno a la consigna “otro mundo es posible” de los Foros Sociales (2002) y otros fenómenos afines; (viii) el descontento social y político de muchos pueblos, incluidos los desarrollados; y (ix) el  caos ideológico y religioso que avanza actualmente en el mundo. También es difícil en la práctica la identificación de dicho proyecto debido a la diversidad y especificidad de los procesos históricos nacionales, estadios de desarrollo, culturas, intereses nacionales o de clase y otros factores determinantes que caracterizan actualmente el escenario sociopolítico del mundo y la región.
  
 En efecto, constituye en este momento una aventura intelectual y políticamente riesgosa intentar escoger entre —por ejemplo— el capitalismo salvaje, el pragmatismo ecléctico chino, el socialismo siglo XXI (Dietrich, (2007), las propuestas de los impulsores del Foro Social Mundial de Porto Alegre (2002), el Comunitarismo (Alameda y otros, 2006),  la teocracia medioeval  de los ayatolahs y los talibanes, y otras propuestas menores. Y esta circunstancia constituye otra faceta interesante de la crisis ya que, como lo anotó el filósofo italiano Antonio Gramsci (1946), todo lo viejo se desploma y no ha nacido aun lo nuevo, en su descripción de la crisis de la segunda posguerra.
  
   La incertidumbre al respecto aumenta en los círculos políticos y académicos de la región y el mundo en medio de la citada crisis que afecta hoy a la economía internacional en particular y al capitalismo en general. Y la expectativa crece en muchos círculos políticos y académicos en la medida en que avanza impetuosamente la nueva sociedad china, con sus elevadas y sostenidas tasas de crecimiento económico; sus notables progresos en materia de modernización, desarrollo científico y tecnológico y progreso social; sus inmensos recursos de capital de inversión; sus cuantiosas acreencias y horros en los países ricos; su capacidad de penetración en el mercado mundial y su probada y creciente capacidad gerencial pública y privada; la incorporación anual de cientos de millones de pobres a la economía y la sociedad; y otros sorprendentes éxitos económicos, sociales y geopolíticos. Todo ello en una apuesta ecléctica que parece tomar lo bueno del capitalismo y del socialismo y combinar nacionalismo y proteccionismo con  penetración masiva del capital externo y globalización comercial. A este respecto resulta muy interesante y necesario observar el resultado de este aparente artilugio ideológico y político, para absolver los numerosos interrogantes y aclarar las dudas que vienen planteándose en el debate internacional sobre el tema. Por estas razones el presente ensayo no apunta al diseño del nuevo paradigma sino, apenas y solo con fines ilustrativos, a la identificación de algunos de los factores más relevantes.
  
  Al margen de estas dificultades y en cuanto respecta al Tercer Mundo y concretamente a Latinoamérica y el Caribe, el gran reto en este campo no es simplemente la concepción y puesta en marcha de una nueva economía, como lo piensan los economistas convencionales; sino la concepción y construcción de una nueva sociedad profundamente humana, integrada, justa, pacifista y genuinamente democrática y participativa. Esto es así porque la economía no es una actividad autónoma sino una de las estructuras funcionales de la sociedad. Y en este caso se trata de una sociedad de seres humanos con sentido de dignidad, espiritualidad, derechos y responsabilidades y noción de destino histórico; así como con funciones vitales ineludibles que cumplir y satisfacer y aspiraciones y sueños individuales y colectivos por lograr. Constituida por seres humanos que sienten, tienen instintos, compulsiones, anhelos, expectativas y necesidades sentidas por satisfacer; que piensan, profesan afectos, sueñan, disponen de talento y capacidad creativa y tienen implícita o explícitamente un proyecto de vida individual y colectivo por realizar; y que constituyen familias, amistades y grupos de actividades y diversas otras forma de relacionarse e integrarse. También —y principalmente— tienen una racionalidad, así como sentimientos, opiniones, simpatías, fobias y conflictos; y por su condición humana no son susceptibles de discriminación y tienen unos derechos humanos y ciudadanos que deben ser respetados, consolidados e institucionalizados. Al mismo tiempo adquieren valores y pautas de conducta, asumen actitudes, motivaciones y despliegan destrezas y con base en estos atributos se lanzan en busca de la solución de sus problemas, la satisfacción de sus necesidades de bienestar, solidaridad y libertad, el logro de sus expectativas y anhelos intelectuales, profesionales y espirituales; y luchan por sus intereses y convicciones ideológicas, religiosas y culturales. Por estas y otras características y atributos, los individuos y la sociedad nacional en pleno tienen compulsiones naturales hacia “la libertad, la igualdad y la fraternidad” —como lo proclamaron los revolucionarios franceses y estadinenses hace más de dos siglos y lo acogieron numerosos pueblos del mundo— y tienen una capacidad potencial decisiva para impulsar o para desentenderse el desarrollo nacional y para     la conquista de su destino histórico. Y esta circunstancia es vital para la estabilidad y el progreso de toda la sociedad. Toda esta vitalidad debe traducirse en participación consciente, deliberada y organizada, tanto individual como colectiva, y en este desempeño la sociedad se libera de sus lastres y queda en condiciones de convertirse —como se anotó— en dueña de su propio destino, así como en objeto, sujeto y beneficiaria de su propio desarrollo. Asimismo debe traducirse en el efectivo acceso de todos y cada uno de los ciudadanos a los siguientes derechos: el acceso al sistema de creación y distribución de riqueza; los servicios de salud, educación, seguridad social, justicia, seguridad y protección ciudadana; así como el acceso a la tierra para trabajarla, la ciudad con todos sus espacios y servicios y actividades para disfrutarla, y a las condiciones de vida ambientalmente sanas y seguras. Todo ello dentro de las limitaciones y holguras que el nivel de desarrollo económico pueda permitir, y con alto sentido de equidad y de justicia.
 
   Paralelamente la nueva sociedad deberá incluir respuestas adecuadas a varios fenómenos extra sociales y relativamente exógenos, que ejercerán sobre ella impactos y efectos determinantes y le impondrán características especiales como los siguientes: (i) La llegada de la Tercera Revolución Industrial, la cual ―gracias a grandes y trascendentales progresos científicos y tecnológicos― modificará a fondo los medios, formas y relaciones de producción en todos los sectores de bienes y servicios, incluidos el desempeño del trabajo humano, su valoración y las relaciones socioeconómicas derivadas; (ii) El rol fundamental que jugará el conocimiento científico y tecnológico como base de todas las actividades sociales, hasta el punto de que los especialistas del tema hablan al respecto de la sociedad del conocimiento; (iii) El importante desempeño de la información y las telecomunicaciones en todo el funcionamiento de la sociedad; (iv) El carácter predominantemente urbano y metropolitano de la población y su impacto en el sistema de asentamientos humanos y la provisión de la infraestructura y los servicios; (v) El cambio del modelo energético determinado inicialmente por la crisis de la disponibilidad de combustibles fósiles convencionales —ya en marcha— y luego por la introducción de fuentes energéticas alternativas ya en comienzo de implantación, así como de sorprendentes soluciones definitivas del problema; (vi) la disminución de las horas de trabajo semanal y el consiguiente aumento de la horas de descanso y ocio; y (vii) Los impactos del cambio climático como consecuencia del calentamiento planetario los cuales, según las predicciones de los científicos, tendrán efectos catastróficos sobre la mayor parte del territorio de los países, la infraestructura y los servicios instalados, la agricultura, la preservación de los recursos naturales y el funcionamiento y la sostenibilidad de los asentamientos humanos.

    Esta noción de la nueva sociedad y su funcionamiento lleva aparejados numerosos conceptos y atributos determinantes que deben concretar las características y objetivos sociales anteriormente descritos, entre los cuales podrían mencionarse  los siguientes:
La dignidad humana, que se relaciona con el reconocimiento de las supremas calidades del ser humano en sus dimensiones individual y colectiva, que lo elevan por encima de las otras especies y de cualesquiera otras consideraciones económicas, políticas y religiosas; así como  de sus valores, actitudes, motivaciones y destrezas intelectuales y laborales  y otros atributos positivos conexos. Esta dignidad apunta también hacia la defensa de los intereses sociales y nacionales, y la conquista de un destino histórico de supervivencia y superación. Y en el campo político se concretan en el respeto a los Derechos Humanos, los Derechos ciudadanos y la autodeterminación de los pueblos.
La solidaridad tiene que ver con los lazos de adhesión que deben amalgamar e integrar a todos los miembros de la sociedad nacional frente a la defensa de los derechos individuales y colectivos y de los intereses sociales y nacionales, el sufrimiento, las calamidades, las situaciones de enfermedad e incapacidad; así como a las limitaciones de ciertos grupos específicos, como la niñez, los enfermos, la ancianidad, la discapacidad, la desadaptación social y otras limitaciones. En razón de su dignidad humana ningún miembro de la sociedad debe quedar abandonado en sus momentos de infortunio.
La educación y capacitación. Se trata de la formación destinada al desencadenamiento de las capacidades creativas y potencialidades de los individuos y grupos sociales; a la comprensión del universo físico, social, económico y político del universo en el cual la población se encuentra inmersa; a la liberación de todos los lastres y complejos culturales; al despertar y la consolidación de la actitud emprendedora; al acceso a todas las formas de conocimiento científico y tecnológico, la capacitación profesional para el trabajo; y, fundamentalmente, a la positiva y constructiva formación intelectual, espiritual y actitudinal del ser humano como persona de bien. Para tales efectos la educación y la capacitación debe estar efectivamente abierta para todos, y ser continuada y acumulativa a lo largo del ciclo de la vida. Es mediante este tipo de educación que los individuos y la sociedad en su conjunto pueden concretar el ejercicio de la dignidad; adquirir el sentido de la convivencia solidaria, afectuosa y pacífica y la paz; y puede desplegar todos sus recursos y potenciales para el desarrollo. Esta dotación le permite desarrollar el sentido de responsabilidad y la actitud emprendedora; así como garantizar la convivencia, la cooperación y la solidaridad internas e internacional. Y apunta hacia la generación de una sociedad dotada de la información, los conocimientos y las competencias intelectuales, laborales y espirituales necesarias para participar consciente, deliberada y organizadamente en los procesos de generación de riqueza y de toma de decisiones y demás actividades del desarrollo nacional.
La justicia. Ésta apunta a la regulación de las relaciones sociales y al manejo y mitigación de las tensiones internas de la sociedad derivadas de la diversidad de intereses, conductas y características individuales y grupales. Opera con base en el reconocimiento de la igualdad de todas las personas ante ley, el respeto a los derechos humanos y ciudadanos, el cumplimiento de los compromisos, la responsabilidad ante los deberes; y en la presencia de un Estado de Derecho que resguarde y aplique la ley. Se inspira en la equidad y en la noción del respeto a los derechos de los demás, no sólo en el ámbito local y nacional sino también en el internacional. Cuida de la seguridad ciudadana con la delincuencia y otras formas de agresión. Su institucionalización y aplicación imparcial, con oportunidad y prontitud permite a los individuos y la sociedad la protección contra la agresión y la lesión indebida de los intereses individuales y sociales y de la delincuencia común y la estabilidad del orden público. Así como vivir y progresar en convivencia y paz. Factor de la mayor importancia a este respecto es la corrupción pública y privada, hoy generalizada e institucionalizada en muchos países de la región y que drena alrededor del 20% del PIB. También la acción criminal de las mafias del narcotráfico, el comercio de armas y el contrabando, así como los perpetradores de crímenes contra los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.
La integración, la cohesión y la organización sociales. La primera permite la vinculación funcional de todos miembros de la población a los organismos y procesos de pertenencia y organización social y comunitaria;   al  sistema de producción y distribución de la riqueza, a través de un empleo digno y un salario justo y remunerador; los servicios sociales, urbanos y habitacionales; y los sistemas de protección y seguridad sociales. También al conjunto de oportunidades de trabajo, educación y realización personal y las posibilidades de poder realizar los respectivos proyectos individuales de vida. Todo ello sin discriminación por razones políticas, etnoculturales, socioeconómicas, de género e inclinación sexual. La segunda le otorga sentido de pertenencia y de propósitos y acción a los individuos y los grupos, factores que deben ser suficientemente amplios y flexibles para asegurar la cabida de los intereses y aspiraciones fundamentales de la sociedad. Estos atributos deben asegurar la superación de las desigualdades sociales y superar las condiciones extremas que lanzan a tantas personas por las vías de la marginalizad y la delincuencia. Por otra parte, toda sociedad constituye en la práctica un sistema organizacional en el cual la población adhiere a organizaciones, se agrupa y se organiza —o en situaciones adversas es encasillada— por razones de funcionalidad económica y profesional, afinidad, cohesión y conveniencia, ya sea con fines sociales, cultuales, ideológicos o religiosos. En ellas puede encontrar ambiente propicio para la solidaridad y la cooperación y también apoyo y protección. Éste es el caso de los gremios, los sindicatos, los partidos políticos, los clubes deportivos y artísticos, las religiones y otros. En el seno de éstas surgen los liderazgos y las dinámicas de participación. En una sociedad avanzada esta incorporación debe ser libre o con condicionantes compatibles con la dignidad y los derechos humanos y ciudadanos y debe encaminarse a suministrarle a la población oportunidades y vínculos de participación y superación. Estos organismos son útiles  en la medida en que representan más genuina y directamente a la población y sus intereses específicos y su utilidad desciende en la medida de que su universo de representación es menor. Por esto está abriéndose cada día más espacio para las organizaciones comunitarias, que son aquellas que provienen de las bases mismas de la sociedad.
La democracia. En el plano conceptual convencional éste atributo se relaciona principalmente con tres factores: (i) La capacidad efectiva de participación ciudadana en la función pública, tanto en el gobierno como en la veeduría y la fiscalización a su desempeño, en el ejercicio de la oposición y en general en la toma de decisiones; (ii) La elección popular de los gobernantes y miembros de los cuerpos de representación popular; (iii) Los derechos ciudadanos y la garantía de la libertad de pensamiento, opinión, ideología, religión y organización política; los contrapesos que deben existir en los tres frentes del poder público: el ejecutivo, el legislativo y el de la justicia para controlar el desempeño de cada uno de éstos y garantizar la armonía que debe existir entre ellos. Este enfoque de la sociedad democrática es conocido en amplios círculos como “democracia liberal” y es —al menos en la teoría— el más extendido en los países de la región. Reputados politólogos como el italiano Giovani Sartori (2008) han descrito las diferentes formas y facetas ―inclusive en veinte lecciones― de la democracia en el presente; y el Premier británico Winston Churchil (1950) solía definirla diciendo que es tal vez el peor sistema de gobierno pero que es el mejor que conocía. En general existen muchos enfoques de la democracia, que van desde la llamada “democracia griega” que privilegiaba a un reducido y exclusivo número de ciudadanos a costa de la esclavitud y la segregación y explotación de las grandes mayorías nacionales y el sometimiento militar de países vecinos enteros— hasta la “democracia representativa” en la que el pueblo elector delega en forma generalmente incondicional las funciones señaladas en representantes políticos del poder ejecutivo y en los cuerpos colegiados (congreso, asambleas regionales, concejos municipales), pasando por otras formas autoritarias disfrazadas de democracia. En la práctica todos estos propósitos y condicionamientos se concretan en la práctica en democracias oligárquicas y/o autoritarias —que son las que predominan en la mayoría de los países de la región— y cuya misión fundamental es la consolidación y perpetuación de los privilegios de la clase dominante.
Para que la sociedad logre constituirse realmente en democrática es condición sine qua non  que,  en general,  se apliquen cabalmente los citados principios, la postulación y elección de dignatarios sea plenamente libre, y ausente de coacción, fraude electoral y violencia por parte de los gobernantes y políticos involucrados; que éstos cumplan estrictamente el estatuto electoral; y que los medios de información y comunicación actúen con imparcialidad y transparencia y no simplemente como empresas comerciales ávidas de lucro. Así, los anteriores y otros atributos contribuyen a la conformación y el funcionamiento de una sociedad democrática. Pero su mayor responsabilidad debe ser la superación de las desigualdades sociales, la defensa de los intereses ciudadanos y nacionales y las oportunidades efectivas de trabajo e ingreso, progreso y realización personal para toda los miembros de la sociedad. Para ello, y como lo definió con gran precisión el economista y sociólogo colombiano Antonio García (1951), una auténtica democracia debe ser simultáneamente —al menos— política-electoral, económica, social, solidaria y cultural y debe apuntar hacia la defensa de los verdaderos intereses generales de toda la sociedad y de la nación. Para todo esto la nueva democracia debe ser deliberada, consciente, organizada y efectivamente participante. Al respecto vale la pena considerar la propuesta de democracia participante del Socialismo Siglo XXI de Heinz Dieterich (2007).
La empatía con la naturaleza y el respeto a ella. Por razones de supervivencia del planeta y la vida misma, toda sociedad nacional debe ser respetuosa de sus recursos naturales y preservadora del hábitat humano; y debido a la unidad e indivisibilidad de la naturaleza y la dinámica planetaria, es imperativo contribuir internacionalmente a la defensa ambiental de todo el planeta. Esta actitud debe fundamentarse en la toma de conciencia sobre la ineludible dependencia que existe de estos factores y la vida, la seguridad y el bienestar de la especie humana; y la convicción de que no existe por ahora —y quizá nunca— un planeta de reemplazo si destruimos el que habitamos como lo sostienen Bárbara Ward y René Dubos (1972). Los grados de contaminación ambiental, la destrucción de los recursos naturales y la generación de gases de invernadero y la emisión de calor ya han alcanzado grados extremos y están provocando desastres naturales originados en alteraciones climáticas derivadas del calentamiento planetario que pueden lesionar y hasta arruinar las economías y afectar la salud y la seguridad de la población en muchos países, como lo ha expuesto académica y políticamente, entre otros, el ex vicepresidente norteamericano Al Gore (2006). Y los países de la región ya están comenzando a soportar los catastróficos efectos. Como van las cosas ninguna sociedad podrá estar segura ni podrá mantener y dinamizar su desarrollo y, por esto, todas las sociedades de la región tienen que otorgarle la mayor atención y prioridad a la preservación ambiental y la mitigación del calentamiento global.
La dignidad nacional se relaciona con el sentido de pertenencia a la tierra y al pueblo de origen y adopción, y la exaltación de la defensa de la soberanía y la autodeterminación, así como de los intereses nacionales, territoriales, económicos, políticos y culturales.  Se expresa en el amor al terruño, los símbolos patrios y el orgullo militante de pertenecer a una nación y su sociedad, así como en la actitud de defensa deliberada y permanente de dichos intereses. Generalmente este concepto se extiende y desglosa a los niveles territoriales subnacionales regionales, locales y comunitarios, en expresión de la diversidad dentro de la unidad nacional.
La solidaridad internacional. Por razones de convicción y dignidad humanas y como estrategia de defensa, las sociedades nacionales de la región están forzosamente obligadas a cultivar entre ellas la solidaridad internacional, así como con las demás sociedades del mundo. Esta solidaridad debe expresarse en relaciones fraternales, cooperación para el desarrollo y ayuda mutua en todas las circunstancias que lo demanden.
El estado, como instrumento central del poder político y económico y como representante de la sociedad y “administrador del bien común” que es, debe estar orientado y capacitado para hacer efectivos todos los atributos constitutivos de la nueva sociedad. Por tanto, se requieren modificaciones significativas en la función y la ideología de los estados nacionales de la región.
La liberación nacional. Resulta obvio que la concepción y construcción de la nueva sociedad requiere, como condición sine qua non, la liberación de la dependencias política y económica externas, así como el rechazo a toda intervención hegemónica contraria los intereses sociales y nacionales de cada país. Esto, a menos que se trata de la integración deliberada y voluntaria de varios países para conformar una comunidad económica y política en pro de la cooperación económica y política, como en el caso de la Unión Europea o la Comunidad Andina de Naciones.

            Es en este orden de ideas que debe procurarse la concepción y la construcción de la nueva sociedad para los países de la región. Lograr y consolidar estos atributos es parte fundamental de la construcción del nuevo pensamiento latinoamericano y caribeño.


3.  HACIA UNA NUEVA ECONOMÍA

Para el logro de la superación del subdesarrollo y el atraso social, político, económico, ambiental y cultural los países latinoamericanos y del Caribe necesitan construir y consolidar una nueva economía cuyos fines principales sean, entre otros: (i) La generación de la riqueza suficiente para financiar en forma sostenible el bienestar y el progreso de toda la población y la construcción y operación de la infraestructura y los servicios de la producción, el consumo y el desarrollo social, así como para constituir los recursos en divisas necesarios para la importación de los bienes de capital y los insumos no producidos en el país y para las constituir las reservas financieras internacionales; (ii) La generación de empleo productivo y remunerador para toda la población en condiciones de trabajar —el pleno empleo— y que la incorpore efectivamente y con equidad a los procesos de generación y distribución de la riqueza producida; (iii) La integración internacional con el resto de las economías de la región, incluyendo convenios especiales con países vecinos y afines y tratados comerciales equitativos con comunidades económicas y países extra-regionales; (iv) Poner esta nueva economía al servicio de la sociedad y los intereses nacionales, para superar el malhadado paradigma contrario según el cual la sociedad y los intereses nacional deben estar al servicio de la economía; y (v) La liberación de la economía nacional frente a la dependencia externa y las presiones indebidas de gobiernos empresas transnacionales e instituciones financieras internacionales.
      Para estos fines, la nueva economía debe operar fundamentalmente con base las siguientes —entre otras—  políticas instrumentales:
Desarrollo y aprovechamiento del talento humano y la creatividad y sus grandes contingentes de trabajadores manuales e intelectuales. Los países de la región han venido desperdiciando uno de los recursos de mayor valor estratégico, como lo es la capacidad creativa y la disciplina de los latinoamericanos y caribeños. Paralelamente ha venido perdiendo gran parte de sus profesionales y técnicos más capaces y mejor preparados, los cuales son atraídos por los países industrializados o se ven obligados a emigrar a ellos en busca de oportunidades de trabajo y realización personal. El buen desempeño de los inmigrantes y el importante aporte en transferencias de sus ahorros que hacen a sus respectivos países son buena prueba de esos atributos. Este recurso bien manejado, mediante programas eficientes de  identificación y retorno de talentos y estímulos adecuados para éstos puede llegar a contribuir significativamente en la economía nacional, particularmente si el desarrollo de la creatividad individual es estimulado sistemáticamente desde la niñez temprana y consolidado en la educación media.
El desencadenamiento de la cuantiosa potencialidad económica constituida por sus grandes recursos naturales que hoy adquieren un alto valor económico y geopolítico, los extensos territorios colmados de tierras, agua, bosques, paisajes y localización estratégica comercial. La región y cada uno de los países disponen de importantes recursos naturales, particularmente tierra, agua, bosques, plantas medicinales, pesca, biodiversidad y minerales y energéticos. Sin embargo, este rico y estratégico patrimonio no se encuentra debidamente incorporado a la economía, es deficientemente aprovechado y en general es gravemente depredado. Por esta razón muchos de ellos se ven obligados a importar energía eléctrica, combustibles, alimentos, maderas, productos piscícolas y marinos, fármacos derivados de los recursos botánicos y silvícolas, y muchos otros rubros. La nueva economía tendrá que incorporarlos y agregarles valor para abastecer el mercado interno y generar la riqueza necesaria para el progreso y el bienestar y para liberarse de costosas importaciones.
El aprovechamiento prioritario de los amplios mercados internos nacionales, los cuales en buena parte de los países constituyen una masa crítica de mercado suficiente para garantizar la dinámica de crecimiento económico. Varios de éstos cuentan con población suficiente para sustentar un mercado interno para su propia producción en desarrollo de políticas de industrialización  estratégica, particularmente si se las acompaña de ampliación de del ingreso familiar. Los de alta y mediana población tienen mercados potenciales superiores a los que los países europeos tenían al terminar la Segunda Guerra Mundial, y los pequeños —como los centroamericanos y caribeños— tienen acuerdos de integración de mercados que pueden permitirles superar las restricciones de demanda interna, si se disponen a hacer efectivos dichos mecanismos de integración. Varios de los asiáticos cumplían esta condición demográfica y la aprovecharon con eficacia y hoy son potencias industriales, tales como Korea, Taiwan, Hong Kong antes de su retorno a China. Por ello puede decirse que los países de la región no están aprovechando esta ventaja estratégica.
La recuperación del agro. La economía regional ha venido relegando la agricultura con un triple perjuicio. Por un lado el abandono de un recurso productivo clave para garantizar la seguridad alimenticia y el nivel razonable de precios en el mercado interno, así como para la producción de diversas materias primas. Por otro, la disminución de empleo para la población campesina, la cual ha venido desplazándose sistemáticamente hacia las áreas urbanas en donde no encuentra trabajo ni adecuados servicios sociales y habitacionales. Y por otro porque en muchos casos los países tienen que acudir a la importación de alimentos. Como es fácil recordar, la apertura económica de los años 90 arruinó gran parte de la agricultura de la región. Entre las estrategia de recuperación vale la pena considerar la propuesta de Tomaso Casciello (2010) de “vuelta al campo mediante una agricultura familiar”, de productividad baja y mediana, organización comunitaria y prácticas cooperativistas.
Modernización, del desarrollo científico y tecnológico. Con el aporte de la segunda mitad del siglo pasado, en el siglo que se ha iniciado ha surgido una nueva ciencia que está dando origen a una Tercera Revolución Industrial. Este fenómeno está llamado a transformar radicalmente los conceptos y procesos de producción en todos los campos. La electrónica, la informática, la energética, la física cuántica, la ingeniería genética, la robótica, las imágenes diagnósticas, las nanociencias y los nuevos materiales —entre muchos otros nuevos aportes científicos y tecnológicos— están generando un cambio fundamental en la economía, particularmente en la amplia y asombrosa gama de productos por generar, el desempeño del trabajo humano, la versatilidad de los productos y del impacto sobre la civilización contemporánea y los valores, las actitudes y las motivaciones de la población sobre la producción y el consumo. Los países que no se percaten de esta nueva y desafiante realidad quedarán irremediablemente relegados. Y es por eso que la región tiene que enfrentar desde ya este contundente desafío.
La compatibilidad de los sistemas de producción, consumo y ocupación del territorio y sus recursos naturales con la preservación de la naturaleza y sus recursos y el hábitat humano, así como la contribución efectiva a la mitigación del cambio climático y sus adversos efecto. En general los recursos naturales de la región se encuentran seriamente afectados por la contaminación física y química, la depredación avanzada y simultáneamente la emisión de calor y gases generadores del efecto de invernadero están contribuyendo al calentamiento planetario. Con algunas excepciones, buena parte de los empresarios productores y los desarrolladores urbanos no han tomado conciencia de sus responsabilidades ambientales y su obligación de generar una producción limpia. El desplazamiento de las industrias contaminantes hacia las periferias internacionales por parte de los países industrializados estimula el ingreso en la región de tecnologías contaminantes y emisoras de gases inconvenientes. El debilitamiento de los organismos de control ambiental que los países de la región han experimentado en los últimos 25 años al impulso del neoliberalismo económico ha facilitado entre retroceso.
La agregación de valor a la producción, industrialización y sustitución de importaciones. Al impulso de las doctrinas neoliberales y la globalización, la economía de la región ha venido involucionando en los últimos treinta años hacia el tradicional modelo agro-minero exportador, y convirtiéndose en importadores netos de bienes y servicios. Este significa énfasis en actividades minero-extractivas y agricultura tradicional, que son actividades que generan poco o ningún valor agregado a la producción. La gran mayoría de los países importan numerosos productos que podrían ser producidos en el país, no solo de bajo contenido tecnológico sino también de media y alta tecnología. Los primeros estudios de la CEPAL de los años cincuenta y sesenta demostraron que existía suficiente capacidad instalada en los países y que con modestas inversiones y adecuados esfuerzos de desarrollo tecnológico podían sustituir parte importante de las importaciones, particularmente en los rubros de materiales procesados, herramientas, pequeños y medianos equipos artesanales e industriales, llantas y repuestos para automotores, productos químicos, abonos, cableado eléctrico y alambres de cercado y usos domésticos, hilos y tejidos, confecciones, vidrios y cristales y demás insumos para la construcción, agroquímicos, fármacos, papel y otros rubros, además del ensamblado de vehículos y la producción de bienes de capital de mediana tecnología. Los países que siguieron las recomendaciones del citado organismo lograron en alrededor de 20 años iniciar un proceso sólido y sostenible de industrialización y agro-industrialización inicialmente para su mercado interno y después para la exportación de los excedentes. Así lograron Brasil, México, Argentina y Colombia avanzar en su desarrollo económico por 40 años. Para retornar al camino extraviado, las economías de la región deben apuntar a una estrategia que combine la modernización con la industrialización, aprovechando la revolución industrial, los mercados nacionales y el regional y la amplia oferta de capital extranjero que se vienen desplazando de los países industrializados al impacto de la actual crisis económica y financiera.
La integración sistémica de las actividades productivas. En general las economías de la región son desarticuladas intersectorial e intra-sectorialmente, carecen de integración espacial orgánica, no generan los eslabonamientos productivos pertinentes y no disponen de las alianzas estratégicas necesarias para la minimización de los costos. El resultado es ineficiencia, desperdicio de recursos y dependencia de las importaciones, pérdida de competitividad. La superación de estas limitaciones exige planificación eficiente integrada de la producción.
El ordenamiento territorial de los emplazamientos productivos con fines de eficiencia económica de localización y distribución estratégica territorial. Por falta de una planificación regional y urbana en los últimos 60 años, la localización de los emplazamientos productivos —así como los asentamientos y los mercados generados por éstos— se ha producido un cúmulo de problemas y conflictos en los centros urbanos, debidos a la urbanización acelerada y concentrada y paralelamente al abandono de regiones y zonas de alta potencialidad derivada de sus recursos y hasta su propia localización estratégica. Este fenómeno tiene, además, incidencia importante en los costos de producción (deseconomías), particularmente en el transporte, la infraestructura vial, la saturación y congestión de las ciudades, el abandono de tierras y recursos, las desventajas de localización para las exportaciones y otras externalidades. Por esta razón este factor de la distribución territorial de la producción adquiere la mayor importancia y debe abordarse mediante un eficiente ordenamiento territorial encaminado a organizar racionalmente el especio socioeconómico nacional, la organización de redes y clusters y la preservación ambiental. Como resultado de la inexistencia de un esquema nacional de ordenamiento territorial del desarrollo, las actividades productivas se implantan sin racionalidad siguiendo las tendencias generalmente caóticas del mercado, con desatención de las restricciones ecológicas y de las deseconomías en el transporte y demás desventajas de la ausencia de integración estructural de la producción.
El aprovechamiento de la estratégica localización geográfica de la región y su acceso directo a los mercados de Norteamérica, Europa y el Oriente para una participación remuneradora y equitativa en la economía globalizada. Con excepción quizá de México, los países de la región no han aprovechado las ventajas económicas comparativas y competitivas y las oportunidades geopolíticas que les ofrece su localización geográfica. En general la ubicación de los emplazamientos productivos no responde a una estrategia exportadora ni importadora de insumos y la infraestructura vial y de transporte no apunta al aprovechamiento de los dos océanos, el canal interoceánico y otras ventajas.
Integración regional. Las nuevas economías y su nueva capacidad tecnológica de producción requieren mercados de varios cientos de millones de habitantes. Esta consideración se torna evidente en los casos de Estados Unidos y Europa y no tiene otra solución que la integración de los mercados de grupos de países y, ojalá, regiones y subregiones enteras. Además esta integración trae consigo otra ventaja: el poder de penetración competitiva y de negociación comercial. Nuestra región requiere indispensablemente concretar los esfuerzos de integración económica que han venido frustrándose durante los últimos 40 años, debido principalmente a las presiones y obstáculos interpuestos por las grandes empresas transnacionales y la falta de conciliación interna entre los intereses de los sectores productivos de los países, así como por la ausencia de adecuada intervención de los gobiernos.
La seguridad energética. Este factor es clave para la marcha eficiente de todas las actividades productivas y, por tanto, debe otorgárseles alta prioridad en la inversión a los sistemas de generación, transmisión, distribución y consumo. Debido a las implicaciones adversas de la energía de origen fósil para el calentamiento global y la contaminación, es preciso iniciar cuanto antes la búsqueda y el aprovechamiento de fuentes alternativas.
La seguridad alimenticia. Compromiso fundamental de una buena economía nacional es la garantía de que cubrirá adecuada y prioritariamente la demanda de alimentos de toda la población. Esta garantía incluye la producción de alimentos en condiciones de alta calidad y exentos de todo tipo de contaminación, alteración genética inconveniente, procedimientos de manipulación y preparación que afecte la salud de los consumidores y otros factores sanitarios y médicos conexos.
El manejo ambiental en la minería. Con excepción de la gran minería industrializada, esta actividad se adelanta artesanalmente en la mayoría de los países, con grave impacto depredador sobre grandes extensiones de tierras y aguas y condiciones inhumanas y altamente peligrosas para los trabajadores. Esta situación es particularmente adversa en la minería del carbón, el estaño, el oro y las piedras preciosas, en donde con frecuencia los mineros queda atrapados en los túneles, se contaminan en los ríos, se mueren de silicosis y otras enfermedades profesionales conexas. Por su parte la gran minería, generalmente extranjera, también desatiende sus obligaciones ambientales.
Disciplina fiscal. Toda economía eficiente requiere rigurosa disciplina en el gasto fiscal que garantice el volumen adecuado de ingresos, los programas de inversión y gasto, el buen manejo del déficit, el equilibrio de la balanza de pagos, la disponibilidad de divisas, el servicio de la deuda interna y externa, la disponibilidad de las reservas internacionales y otros aspectos afines. Igual atención debe otorgarse a la política cambiaria para que ella coadyuve a la actividad exportadora y al manejo estratégico de la deuda externa, la capacidad de importación, la disponibilidad de divisas y otros aspectos conexos. Asimismo, este amplio concepto de disciplina fiscal incluye el régimen de impuestos, para que este garantice el ingreso público y sea socialmente equitativo, progresivo, estimulador de la inversión en actividades prioritarias para el desarrollo nacional, y no introduzca discriminaciones entre los empresarios e inversionistas, no otorgue privilegios innecesarios e inconvenientes al capital extranjero y no permita el traslado indirecto y sistemático de los impuestos de la producción y el capital a los sectores de ingresos medios y bajos, como es usual en la gran mayoría de los países de la región.
Tasas de capital y de cambio. Estos dos factores requieren la mayor consideración. El costo excesivo y usurero del capital encarece la producción y solo puede ser enfrentado por las actividades de mayor productividad y rendimiento, con el consecuente marginamiento de empresarios medios y pequeños que constituyen la inmensa mayoría en los países de la región. Esto es más grave cuando, como sucede en la mayoría de los países de LAC, no existen sistemas adecuados de microcrédito. Por su parte la política monetaria puede sobrevaluar las monedas nacionales y desestimular las exportaciones, como también está sucediendo en la región, particularmente como consecuencia del alza de los precios internacionales de algunas materias primas, como el petróleo y varios minerales. Los fondos de ahorro de divisas en el exterior “para emergencias futuras” —de bajo rendimiento— que están siendo recomendados por organismos internacionales para conjurar la llamada “enfermedad holandesa” carecen de sentido si los países tienen que endeudarse a tasas más altas para sus gastos e inversiones en divisas y si tienen alto déficit de bienes de capital. En este caso no se trata de una “enfermedad” sino de una oportunidad para modernizar la producción nacional.
Gasto militar. Este factor sigue constituyendo un freno para el desarrollo de los países y generando tensiones políticas  en LAC. Según el Instituto Sueco para el Estudio de la Paz —SIPRI— (2010), En 2009 este gasto aumentó 50% en relación con el año 2000 y está significando el 2.4 del PIB regional en un momento en que no existen conflictos bélicos. Esta situación debe ser superada.
La defensa efectiva de los intereses sociales y nacionales frente a la penetración del capital extranjero y las empresas transnacionales, para evitar la enajenación de activos nacionales de alto valor estratégico, el monopolio y el control de las actividades financieras y de comercialización, el desplazamiento de empresarios y productores nacionales, el desempleo neto que se genera con sus prácticas intensivas de capital, el retorno inequitativo de utilidades, la fuga de capitales nacionales para inversiones en otros países y otras prácticas inconvenientes. Esta actitud de defensa debe estar presente hoy más que nunca frente a la actual crisis económica de naturaleza sistémica que afecta a los países ricos y amenaza la estabilidad del capitalismo. A este respecto debe tenerse presente que la región tiene poco futuro mientras se mantengan las actuales características de la globalización comparativa, porque ella está concebida para privilegiar productos de alto contenido tecnológico y alto precio. Otro tanto puede decirse, en general, de los “tratados de libre comercio” Éstos son sanos y convenientes cuando se trata de países de igual o parecido nivel de desarrollo,  pero son perjudiciales cuando  siguen los preceptos del “libre comercio” en boga, por la iniquidad de los términos de intercambio y porque inviabilizan la industrialización nacional e introducen productos agrícolas altamente subsidiados en los países de origen.
La liberación de la dependencia externa que ha asfixiado las economías nacionales desde la Colonia y que continúa saqueándola en los últimos 30 años a través de las políticas neoliberales, incluidos los inequitativos tratados de libre comercio. Este objetivo involucra la liberación de la economía regional del capital transnacional expoliador y de las doctrinas neoliberales y los compromisos del “Consenso de Washington”, para ponerla al servicio de la sociedad. Esto significa superar la dependencia externa extrema impuesta, la implantación de monopolios extranjeros, la captura de las actividades productivas, comerciales y financieras nacionales por parte de las grandes transnacionales, el predominio de las materias primas de exportación, la enajenación de los activos económicos de mayor valor estratégico, la precariedad de los salarios, la escasa generación de empleo y su precarización, la liquidación de la seguridad social, el desmonte de las conquistas sociales de los trabajadores y otros perjuicios. Por otra parte, nadie discute la contribución que la inversión extranjera directa (IED) puede realizar en la aceleración del desarrollo económico de los países pobres y, consecuentemente, debe contarse con una estrategia defensiva y equitativa para contar en la región con este recurso.   En este propósito es necesario corregir el indebido actual desempeño de las grandes empresas transnacionales que opera básicamente en la siguiente forma: (i) Constitución de abusivos monopolios que condenan a la quiebra a los productores nacionales. Éstos generalmente operan en condiciones de altas mecanización, intensividad de capital y elevada productividad, derivadas de las ventajas de sus altas escalas de producción. Este fenómeno trae aparejado el desplazamiento de grandes contingentes de pequeños productores locales, que no son reemplazados en la economía nacional; (ii) Invierten en proyectos de extracción e importación minera para sus casas matrices, pero no crean nuevas empresas ni invierten en frentes de mayor valor estratégico para la economía nacional —como la industria— sino preferentemente en los sectores financiero, de telecomunicaciones y en grandes centros comerciales, mediante la compra de empresas nacionales ya establecidas y exitosas; (iii) En el comercio se limitan a la venta de artículos importados con el consiguiente impacto sobre la balanza comercial, y cuando se trata de productos nacionales les asignan marcas propias de la respectiva transnacional para aumentar su poder competitivo y monopólico; (iii) La escasa o negativa generación de empleo, debido a su producción intensiva de capital y liberadora de mano de obra, impacto que viene acompañado de la elevada pérdida de empleos en el frente de los competidores arruinados: pequeños industriales y proveedores, así como tenderos de barrio y trabajadores independientes; (iv) Acaparamiento del crédito disponible en el sistema financiero nacional —porque “son clientes grandes, ofrecen mayores garantías y facilitan a los dueños de los bancos la fuga subrepticia de capital”; (v) Ejercen presiones indebidas en el sector público en procura de jugosas exenciones tributarias, privilegios en el mercado, garantía de estabilidad jurídica, y otras prebendas, concedidas bajo el pretexto de generar “confianza inversionista y seguridad jurídica” a la inversión extranjera. Estas concesiones entrañan una vergonzosa discriminación a los empresarios nacionales y fortalecen el poder monopólico de las empresas transnacionales; y (vi) Están apoderándose de los medios de comunicación —telecomunicaciones, prensa, radio, etc. — y de la industria cultural, con lo cual están conformando un nuevo y peligroso sistema de penetración política y cultural en los países de la región.
Planificación prospectiva. La construcción y puesta en marcha de una nueva economía para la región y cada uno de los países no puede ser un ejercicio improvisado y de ejecución errática. Se trata de una actividad estructural de la mayor importancia que debe ser planificada en forma altamente eficiente y con base en el mayor respaldo político. Los países europeos superaron la devastación de su economía producida durante la guerra mediante disciplinados planes quinquenales nacionales de desarrollo. La URSS se convirtió en gran potencia usando la misma estrategia. China ha basado su acelerado y vertiginoso desarrollo económico y social con base en sucesivos planes quinquenales; e India viene construyendo su nueva economía en la misma forma.  En LAC la planificación nacional del desarrollo impulsada y asesorada por la CEPAL permitió durante 30 años un crecimiento sostenido del 5 % e impulsó un interesante proceso de industrialización. El actual estruendoso fracaso de “la mano invisible del mercado” de los últimos tres decenios debe servir en la región para repensar sobre la reincorporación  de este estratégico instrumento.

      El punto de partida en el proceso de construcción de esta nueva economía es la definición de un marco ideológico que la fundamente y oriente política y operativamente, para que opere con efectividad en función de los intereses sociales, nacionales y regionales; y concrete el objetivo supremo de su liberación de la dependencia externa. Para alcanzar este logro será preciso que se trate de un proyecto nacional de economía técnicamente válido, políticamente viable y eficientemente ejecutable. Esta última condición entraña su debida pertinencia a la diversidad de escenarios económicos nacionales y puede involucrar una estrategia de transición y progresividad.
    
Como en el caso del modelo de sociedad, ya tratado, el análisis objetivo del desempeño histórico de las economías capitalista y comunista y sus respectivos logros, beneficios y perjuicios para la humanidad, así como su crisis actual, ya permite identificar las respectivas ventajas y desventajas de ambos sistemas; así como sus respectivas capacidades e incapacidades para crear riqueza y distribuirla, para generar formas y procesos efectivos de integración y desarrollo sociales en condiciones de respeto a la dignidad humana y de auténticas democracia y libertades ciudadanas. Esta circunstancia especial que brinda la presente coyuntura mundial puede permitir la búsqueda de alternativas de modelos eclécticos válidos y viables para dicha opción ideológica, que combinen y maximicen las ventajas y beneficios, y minimicen las desventajas y costos y sacrificios de la sociedad latinoamericana y caribeña en su lucha histórica por la liberación, el desarrollo y el progreso.
    
 En efecto, en la perspectiva y el conocimiento que hoy se tiene del desempeño de las economías de los dos sistemas político-económicos, las disyuntivas básicas no parecen ser forzosamente entre “mercado salvaje” y estatismo restrictivo, ambos con sus grandes omisiones  y errores históricos, y entre las iniciativas privada y estatal. El problema de las opciones gira, quizá, en torno a la posibilidad de combinar coherentemente los atributos positivos de ambos sistemas en una estrategia ecléctica y dosificada que permita aprovechar la iniciativa, la participación y la creatividad individuales y colectivas de la población y, al mismo tiempo, superar las desigualdades e injusticias sociales e impulsar y acelerar el desarrollo económico y social. Se sabe bien que estas estrategias eclécticas y conciliatorias son difíciles de concretar en una región tan diversa y dispersa como la nuestra; y porque no se trata de sociedades nacionales unitarias, integradas y regidas por la concertación y el consenso, sino fraccionadas en clases y grupos sociales con intereses económicos y políticos dispares. En este escenario las clases y grupos dominantes actúan con todos los medios a su alcance por el dominio del poder, la defensa drástica de sus intereses y el freno o la frustración de las reformas sociales, económicas y políticas. A esta situación se agrega la interferencia adversa de los grandes carteles financieros, industriales y comerciales transnacionales ―en alianza con los nacionales―  y las manipulaciones políticas de las potencias hegemónicas, fenómenos éstos que anulan los recursos y potencialidades nacionales para superar el atraso y el subdesarrollo.
  
 Por otra parte, la definición de una opción de esta naturaleza debe estar precedida de la solución varios problemas científicos y académicos relacionados con ciertas fallas de la teoría neoclásica, como —entre otras— la relativa al “equilibrio general del mercado” y la ausencia de consideración para los aspectos sicológicos y sicosociales de las preferencias económicas (Legrenzi y Ruminiati, 2005), la naturaleza y la dinámica sistémicas del funcionamiento de la economía (Utria, 2002); así como la no incorporación de nuevos enfoques de la economía, tales como el experimental, el evolucionista, el cognitivo, el neuroeconómico y el behavioral (Viale, 2005).  
 
     No obstante esta compleja situación, la observación de la experiencia histórica de la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del presente permite constatar que existen caminos alternativos con posibilidades de relativo éxito que podrían ensayarse. A este respecto, y solo con fines ilustrativos, podría decirse lo siguiente: Los países nórdicos han venido ensayando con positivos resultados una economía de capitalismo social que permitió en los últimos 50 años acelerar el desarrollo económico y social en condiciones de relativa equidad. Los países de la Europa Occidental lograron superar la devastación de la guerra y acelerar el desarrollo social con base en un modelo que se esfuerza en la promoción del el bienestar social, el empleo y la equidad.  China ensaya con éxito una economía dirigida a impulsar un proceso de modernización y desarrollo económico y social acelerado. Todos estos logros deberían ser objeto de estudio y reflexión en nuestra región. Ello, aunque por excepcional y relativamente reciente, esta experiencia no permite aun llegar a conclusiones definitivas. India, debilitada por el colonialismo recientemente superado y agobiada por el lastre de una cultura ancestral paralizante, avanza con éxito en la construcción de una nueva economía transformadora y productiva. Y en la región Cuba —a pesar de 50 años de implacable bloqueo económico y político, poca disponibilidad territorial y periódicos desastres naturales— ha logrado construir una economía de servicios que le ha permitido asegurar  al pueblo equidad, empleo para todos y excelentes servicios de salud, educación, integración y solidaridad social, recreación, seguridad ciudadana y otros afines. Todas estas consideraciones permiten concluir que podrían encontrarse caminos y modelos económicos alternativos, sin dejar de tener en mente las posibilidades futuras de una sociedad y una economía poscapitalistas.
    
Esta definición es urgente e inaplazable porque la economía mundial se debate hoy en una profunda crisis que debe ser debidamente enfrentada, antes que sus impactos afecten irreversiblemente a la región. Como se anotó inicialmente, ya no es posible continuar haciendo “más de lo mismo” porque, como se sabe, el comunismo como sistema colapsó hace 25 años al impacto de su propia implosión por debilitamiento y agotamiento internos y el desgaste de la “guerra fría”. Y el capitalismo ya ha comenzado a implosionar por fallas internas y al impacto de los abusos del mercado inducidos por el “capitalismo salvaje”. La actual crisis financiera y económica —que no es la causa del problema, sino su efecto — ya ha comenzado a debilitar las demás estructuras del sistema en los países capitalistas más desarrollados y probablemente en todos los demás. Y, por otra parte, los países de la región están enfrentados a dos desafíos históricos: Sucumbir en el proceso irreversible de  la ampliación geométrica de la brecha científica y tecnológica a favor de los países ricos, que ya están aprovechando la Tercera Revolución Industrial; y no poder responder adecuadamente a la amenaza del calentamiento planetario y sus catastróficos efectos, ya en marcha, debido al subdesarrollo.


4.  LOS ESFUERZOS NECESARIOS Y LOS COSTOS POLÍTICOS DEL REPLANTEAMIENTO

Construir académica y políticamente el nuevo pensamiento necesario y convertir en realidad esta nueva utopía no será fácil para la región: poderosos obstáculos deberán ser superados, complejos estudios tendrán que ser realizados y altos costos políticos deberán ser afrontados.

4.1 Obstáculos por superar

Son numerosos y de índole diversa los escollos que deben ser superados en el proceso de replanteamiento. Entre ellos vale la pena mencionar los siguientes: los informativos y estadísticos, los políticos y los geopolíticos.

4.1.1 Restricciones informativas y estadísticas

Algunos de los de naturaleza informativa, estadística y procedimental son los siguientes:
Quizá el mayor obstáculo inicial es la ausencia de conciencia política y académica para entender la necesidad y la urgencia del replanteamiento propuesto. Nuestro acondicionamiento mental y emocional de que todo nos debe ser dictado desde afuera no nos ha permitido pensar autónomamente como región y como países miembros. Al mismo tiempo habrá que hacer frente a  un doble efecto inercial de tipo cultural e ideológico que tiende a oponer resistencia, por una parte, al cambio cultural que entraña la entrada en vigencia de una nueva sociedad solidaria, integrada y participativa, así como a una nueva economía al servicio de la sociedad y no al revés. Y, por otra, al cambio ideológico que significa la renuncia a intereses, principios y prácticas políticas aprendidos en la academia y defendidos en la arena político-partidista y que, además, determinan relaciones de poder.
Al mismo tiempo, se carece en general en la región de los datos estadísticos realmente necesarios. Aunque cada país dispone de algunos de éstos e invierten importantes recursos para elaborarlos esto no es suficiente, por el carácter generalmente macro que las cifras tienen y porque los censos no son confiables y en muchos países ni siquiera son oficialmente aprobados. También porque en general dichos datos no apuntan propiamente hacia los propósitos del desarrollo nacional y las políticas publicas, y es frecuente la interferencia de los gobiernos para acomodar la información a sus intereses político-electorales. Por su parte los organismos regionales y mundiales se esmeran en coleccionarlos, completarlos, procesarlos y publicarlos, pero las fallas de origen, el carácter comparativo de los estudios y la intención política de éstos, reducen su utilidad práctica para los fines de una objetiva comprensión de las condiciones y tendencias del desarrollo y la formulación eficiente de las políticas. Todo esto refleja el poco esmero de los países para disponer de la estadística necesaria y los métodos de procesamiento e interpretación objetiva de su realidad y para intentar su mejoramiento.
Mucho tiene que ver en esta situación la interferencia indebida que organismos como el FMI, el Banco Mundial, el BID y otros organismos financieros internacionales ejercen en la definición de la prioridad, la selección y la interpretación de la información estadística económica y social de los países.  La CEPAL cumplió una labor positiva durante sus primeros decenios de actividad y a ella se debe en gran parte la institucionalización de los estudios estadísticos en todos los países de la región. Hoy continúa esmerándose en este campo, pero las deficiencias de la información proveniente de los países no facilitan su trabajo.
La frustración de los estudios científicos que algunos organismos oficiales y centros académicos y ONG realizan sobre la economía y el desarrollo social, particularmente referido a sectores, regiones y problemas específicos. Generalmente estos estudios son alterados en sus conclusiones, no publicados, o no difundidos y en muchos casos anatematizados, de acuerdo con los intereses políticos de los patrocinadores.
En este intento de identificación de escollos no podría dejarse al margen la responsabilidad que la academia de los países de la región tiene en estas falencias. Con algunas excepciones muy meritorias, las universidades en general no vienen cumpliendo su función analítica y crítica de la realidad de sus países y de la región en su conjunto, ni están aportando luces para la formulación de un nuevo pensamiento. Si bien es cierto que al impulso del neoliberalismo económico han incorporado la investigación científica y tecnológica en su quehacer económico, lo vienen haciendo más como moda y como medio de ingreso —a través de contratos financiados por empresas privadas y entidades públicas— que como actividad científica propiamente tal y afán intelectual emancipador. Esto es particularmente cierto en el campo de las ciencias sociales. No obstante, y como consecuencia de esta situación, existen algunos esfuerzos institucionales e individuales plausibles y valiosas contribuciones de académicos brillantes, pero que no han logrado el impacto necesario porque operan en forma dispersa. En este último sentido vale la pena destacar, por ejemplo, la labor que viene realizando el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) para la integración del trabajo científico social en pro de un pensamiento alternativo y los centros de investigación de las universidades Autónoma de México y de Buenos Aires.

4.1.2 Escollos políticos e ideológicos

Debido a su contundente impacto, en este campo merecen mencionarse, entre otros, los siguientes:
La vigencia predominante de las doctrinas y prácticas neoliberales. No obstante los graves perjuicios ocasionados a la región ya identificados, éstas continúan vigentes en la gran mayoría de los países, inclusive en los que tienen gobiernos de centro-izquierda. Son bien conocidos estos perjuicios en todo el mundo, incluido su propio patrocinador —los Estados Unidos y sus empresas transnacionales— y toda la economía internacional está siendo afectada por la actual crisis económica y financiera. Ésta, como ha sido expuesto, tiene naturaleza sistémica y no sectorial y coyuntural y se origina en las doctrinas y prácticas neoliberales, particularmente las derivadas del llamado ”capitalismo salvaje”. Mientras permanezcan en vigencia y en boga tales teorías y prácticas los países de la región seguirán condenados a frenar su desarrollo económico, profundizar las desigualdades sociales e incrementar su dependencia externa.
El lastre ideológico del colapso del comunismo soviético. Aparte de dejar al mundo en manos de una sola potencia imperial y sin posibilidades de un contrabalance político y geopolítico en las relaciones internacionales de poder, este fenómeno ha generado un pesado lastre ideológico que sicológicamente viene cerrando las puertas en muchos círculos intelectuales y académicos y de la opinión pública, a cualquier iniciativa en pro de un pensamiento económico y político alternativo. Asimismo, se  afirma falazmente que cualquiera otra doctrina ajena al capitalismo ―el libre comercio y la globalización de la economía― es solo una versión disfrazada del “estatismo stalinista”. Además, no  obstante su contundente refutación por la historia y la política y la alteración geopolítica del poder económico mundial en marcha, los dueños y áulicos del poder en la región y en los países siguen predicando “el fin de la historia” del profesor Fukuyama (1992); y, por tanto, la inutilidad de un nuevo pensamiento y un sistema alternativo. Esta estrategia ha hecho extensa mella en la academia y en el electorado, así como en la gente de la calle, y ha debilitado la fuerza de los movimientos políticos de izquierda.
La inexistencia del nuevo pensamiento. Como ya fue mencionado, existen muchos esfuerzos y propuestas dispersas sobre el tema. Pero todas ellas tienen y tendrán poco peso mientras no surjan de un esfuerzo cooperativo y coordinado de todas las fuerzas que anhelan un cambio político en la región y en cada uno de sus países. Hay muchas y diversas propuestas ideológicas ―ya mencionadas― como la del “Socialismo Siglo XXI” y “El Comunitarismo” (Alameda y otros 2205), y de mecanismos de integración y acción como la “Alternativa Bolivariana (ALBA)”, la Unión de los Países Suramericanos (UNISUR), las propuestas del Foro Social de Porto Alegre, y la “OEA sin Estados Unidos y Canadá” que acaba de acordarse en Cancún. Pero aun nada concreto,  estudiado científicamente, concertado democráticamente, ni surgido de la propia entraña de los pueblos, e impulsado por una nueva generación de políticos y dirigentes sociales y comunitarios, sociólogos, politólogos, economistas y estrategas y planificadores del desarrollo. Y tampoco se vislumbra un liderazgo eficiente y unificado capar de catalizar los anhelos de cambio de la comunidad latinoamericana y caribeña. Al contrario, arrecian los conflictos entre países hermanos, se sobrevaloran las diferencias etnoculturales, gobiernos democráticamente elegidos son derrocados impunemente, se afianza la dependencia externa y el territorio regional comienza a ser mancillado con nuevas bases militares extranjeras.
     Las resistencias externas e internas. Un pensamiento emancipatorio, como el que se necesita, será seriamente resistido con todas los medios —incluida la violencia— por las potencias dominantes y sus socios criollos; y la historia latinoamericana y caribeña está plagada de dolorosos antecedentes al respecto. La implantación masiva de dictaduras militares, las invasiones directas a los países, el infame bloqueo de más de 50 para años para castigar y empobrecer al pueblo cubano, el financiamiento y el entrenamiento de contingentes paramilitares y brigadas de muerte, el interminable accionar criminal de las mafias del narcotráfico y muchos otras interferencias e intervenciones externas son elocuentes ejemplos. Sin embargo, superar este tipo de obstáculos ha sido y seguirá siendo el requisito de los grandes avances de la humanidad que la historia no rebaja a los pueblos. Y la región no tiene por que ser menos.

4.1.3 Escollos geopolíticos
    
Hacen presencia obstaculizadora también poderosos factores de naturaleza geopolítica entre los cuales se podrían citar los siguientes:
La función de patio trasero de Latinoamérica y el Caribe. A lo largo de la historia del continente americano nuestra región ha sido considerada por la potencia del Norte como su “patio trasero” según expresión ya generalizada en los Estados Unidos y en LAC. Esto significa que la región es la reserva interior de mercado, recursos productivos y escenario geopolítico de apoyo militar de dicha potencia. Esta función tenderá a ampliarse en la medida en que ésta continúe perdiendo su poder hegemónico mundial y sus dificultades económicas y políticas internas se agudicen. Ello entrañaría un severo obstáculo adicional para las reivindicaciones de la región.
La presión de las potencias emergentes. La anterior situación y el celo de control de su área de influencia tenderán a agudizarse en la medida en que las nuevas potencias emergentes —China, Rusia, India, y en menor escala Irán y otros países del cercano oriente y  Asia Central— aceleren su estrategia de penetración económica, política y cultural en Latinoamérica y el Caribe. En este caso es previsible que la potencia del Norte acuda a todos los recursos a su alcance para mantener e incrementar su control político y militar.
La batalla mundial por el control de los recursos naturales estratégicos. En la medida en que el agotamiento de los recursos naturales de las grandes potencias comiencen a escasear —como ya ha comenzado a suceder ya sea por agotamiento físico o por dificultades tecnológicas— la presión de los altos precios determinará mayor interés y celo competitivo entre dichas potencias en relación con los recursos de la región. Esto puede entorpecer los esfuerzos de liberación y desarrollo de nuestros países, porque entre grandes potencias la competencia se define con instrumentos de poder y cooptación y sometimiento de los países débiles. Esta misma situación puede producirse en la medida en que recursos básicos como el agua, tierras para la producción de alimentos y biocombustibles, bosques capturadores de C02, nuevos metales y otros minerales afines comiencen a escasear en el planeta, como lo prevén numerosos científicos. Como es sabido, hay quienes pronostican que las guerras del futuro serán por el agua, los energéticos y el control de los bosques tropicales.
La geopolítica de los efectos del calentamiento global. Si los impactos del cambio climático ya en marcha continúan mostrando su agresividad contra los países industrializados, regiones menos generadoras de calentamiento y en relativo menor deterioro ambiental —como Latinoamérica y el Caribe— podrían ser objeto de atención geopolítica de refugio ante dichos efectos cada vez más catastróficos. Esta situación podría también entorpecer los propósitos liberadores de la región.
La región latinoamericana y caribeña como uno de los últimos refugios del capitalismo. El debilitamiento de este sistema en Japón, su insostenibilidad en la mayoría de los tigrillos asiáticos, la creciente agudización de su crisis en Europa, la guerra anti-occidente en el medio oriente y Asia Central y los avasallantes avances del modelo económico de China e India, así como los inequívocos síntomas iniciales de implosión del sistema en los Estados Unidos, abren la posibilidad de que nuestra extensa y rica región latinoamericana y caribeña pueda llegar a ser considerada como uno de los refugios del capitalismo para protegerlo y afianzarlo aquí. En este caso las posibilidades de un repensamiento liberador y transformador serían menores.




4.2 Estudios a realizar

El pensamiento alternativo que se requiere no puede ser improvisado ni demagógico; y debe inspirarse, entre otros, en los siguientes compromisos:
Ser genuinamente latinoamericano y caribeño, no en cuanto a la originalidad de las ideas sino en cuanto surja de la intelectualidad, la sensibilidad y las aspiraciones de los pueblos.
 Inspirado y fundamentado en los principios de la dignidad humana, los derechos humanos y ciudadanos, la solidaridad humana y social, el Estado de Derecho y la democracia auténtica.
Comprometido con la comprensión, el respeto a la naturaleza y la preservación de sus recursos y particularmente con la producción limpia, el control de la contaminación y la mitigación del calentamiento global.
Elaborado con bases científicas y tecnológicas profundas, apoyado en el análisis de la historia y los métodos de la prospectiva y enmarcado en una ideología coherente, válida y viable y reivindicadora de los derechos y las aspiraciones de los pueblos de la región.
Debido a la amplia y profunda diversidad de las sociedades nacionales de la región, las propuestas deben ser suficientemente generales para cubrirlas a todas y generar suficiente consenso y adhesión ecuménica; y suficientemente específicas para cada tipo de situaciones concretas.
El esfuerzo creativo debe estar proyectado en la perspectiva del siglo XXI y el contexto social, político, territorial, ambiental y geopolítico de la realidad de la región.
Asimismo, debe ser un pensamiento regido por los conceptos de la convivencia interna y externa, y la cooperación y la solidaridad internacionales.
Para el desarrollo de los anteriores requisitos y compromisos el estudio de contener, entre otros, los siguientes temas estructurantes: (ver detalle en el Anexo 1)
Análisis crítico de los antecedentes y características históricas y políticas del desarrollo de la región y sus países, así como de la conformación y funcionamiento de sus respectivas sociedades nacionales
El nuevo tipo de sociedades nacionales
El nuevo enfoque conceptual de desarrollo nacional
La nueva economía y sus funcionamiento
La integración de la región
Las relaciones internacionales de la región y de los países
Las vías alternativas y los escenarios viables sociológicos, económicos y políticos para la nueva concepción de la sociedad, el desarrollo nacional y la economía en la perspectiva del Siglo XXI.

4.3  El imperativo de un consenso latinoamericano y caribeño

La superación de de esta situación no podrá lograrse fácilmente en forma aislada por cada nación o grupos de éstas. La búsqueda del nuevo camino implica forzosamente una auténtica y eficiente integración regional y ambos objetivos requieren ineludiblemente el consenso. Es decir, un consenso latinoamericano y caribeño que reemplace y supere las limitaciones y excesos del capitalismo y el “consenso de Washington” y demás formas de dependencia ideológica y económica.

En su afán de detener los cambios sociales y políticos, la región ha sido estratégicamente dividida política y económicamente desde la Colonia y esta situación ha sido estimulada e impuesta sistemáticamente a lo largo de la vida republicana de todos los países de la región por las potencias dominantes. También la han promovido e instaurado retardatarias oligarquías nacionales las cuales, en su estrategia de consolidación, han establecido alianzas defensiva de intereses comunes con la potencia hegemónica de turno. En este marco estratégico, se han fortalecido los nacionalismos conflictivos entre varios países y estimulado los egoísmos e intransigencias de los diversos gremios de productores al interior de los países. Asimismo —y aunque a veces con propósitos laudables de integración subregional― se ha promovido con fines estratégicos políticos y económicos la formación de bloques económico-geográficos que, en ciertos casos, contribuyen más a fraccionar que a integrar la región. En el plano nacional se atizan las confrontaciones de intereses sectoriales de agricultores contra industriales y comerciantes, y comerciantes contra industriales y agricultores; así como entre productores de las diversas provincias nacionals.Paralelamente, los apetitos individuales, gremiales y de clase han conspirado con persistencia contra el destino integrador de la región y le han abierto paso a la intervención disociadora y fragmentadora proveniente de las potencias hegemónicas. Asimismo, un nuevo fraccionamiento está generándose en la región por dos nuevos fenómenos: el viraje político de varios gobiernos hacia la izquierda y el centro-izquierda; y el religioso resultante de la activa penetración de las doctrinas protestantes.

En general este tipo de fenómenos no es privativo de LAC sino que ha estado presente a lo largo de la historia de las naciones con las mismas características anotadas, e impuesto por los diferentes y sucesivos imperios que han dominado el mundo. En la historia reciente ha surgido un caso excepcional:  La Unión Europea está logrando estos dos objetivos como resultado de un complejo y laborioso proceso de 40 años de búsqueda progresiva de consensos de sus gobiernos y sus pueblos, quizá inspirados en la necesidad vital de poner fin a sus permanentes y devastadoras confrontaciones bélicas. Sin embargo, la actual crisis económica internacional parece amenazar este interesante ensayo histórico.

En la región, la suicida división ha persistido a pesar de los insistentes intentos de integración económica promovidos por la CEPAL, la UNCTAD, la CAF, el BID y otros organismos internacionales y regionales. Estos esfuerzos sólo han logrado en la práctica la integración de las grandes empresas transnacionales, como en el caso de las grandes productoras de lácteos, alimentos y fármacos, ensambladoras de vehículos, productoras de electrodomésticos y varias otras.

Esta trayectoria histórica muestra la existencia de dos frentes conspirativos contra la integración regional: uno exógeno activado por las potencias dominantes, las cuales consideran la región como su “área de influencia” propio “patio trasero”; y otro endógeno, operado por las respectivas oligarquías nacionales. Cada uno de ellos requiere una confrontación diferente: El primero demanda modificaciones en el sistema internacional de poder, que haga favorable la integración regional y esto solo será posible como resultado de su debilitamiento derivado de su crisis, o de la presión política de los gobiernos y los pueblos de la región. El segundo involucra la toma de conciencia de las dirigencias nacionales y el surgimiento de una voluntad liberadora y reivindicatoria en la población y sus organizaciones democráticas. Y estos dos factores solo pueden surgir de una nueva conciencia política de los pueblos de la región como un todo y su movilización organizada hacia la búsqueda de su integración económica, cultural y finalmente política, como lo soñaron los fundadores de los países de la región.
Así, el punto de partida lo constituye el consenso ideológico en torno al desarrollo y la economía nacionales. Y la presente propuesta de replanteamiento intenta apuntar hacia la construcción de dicho consenso.
[El reto histórico de LAC. R.D.Utria, Marzo 2010]



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